Publicado a 2026-08-11
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Íria miraba preocupada a sus padres. Se trataba de una noticia importante no solo para sus vidas, sino también para las del resto de la familia. La baja gravedad de los anillos interiores no era una cuestión menor y mudarse a ellos no era una decisión que debiera tomarse a la ligera, menos aún cuando hipotecaba la vida futura de los nietos.
—Mirad, entendemos de verdad que la decisión es vuestra de pleno derecho, habéis trabajado toda una vida para comprar este piso, y si queréis permutarlo por otro no podemos impedíroslo —miró a sus hermanos, Eder y Javier, quienes a su vez la devolvieron la mirada—, pero tened en cuenta que es una decisión que afectará a Thais, Zigor y Abraham.
Los tres nietos jugaban en la habitación contigua. Thais, la hermana mayor de Zigor, leía un libro animado, mientras que Zigor y Abraham destruían la construcción de bloques sobre la alfombra. Íria pensó en que las piezas caerían a menor velocidad en el nuevo piso. Al igual que Javier, consideraba que sus padres no solo estaban siendo egoístas, sino que estaban equivocándose de decisión tras la visita de ese embaucador inmobiliario. Nadie daba duros a pesetas, y los metros cuadrados ganados en el anillo interior implicaba una pérdida de vida considerable a medio y largo plazo. Por eso había oferta de pisos ahí arriba y alta demanda en los bajos del cilindro, porque ascender peldaños tenía como consecuencia la atrofia muscular.
—¿Podemos hablar de otra cosa? Que lleváis dos horas con lo mismo, hija —Yvaine recogía las tazas mientras Demian empezaba a fregar los cacharros—, vuestro padre y yo hemos tomado una decisión, vamos a firmar la semana que viene y no se hable más. Y si no queréis visitarnos pues a ver, qué le vamos a hacer.
—No es que no queramos visitaros, mamá —Eder habló desde el marco de la puerta donde se apoyaba, a mitad de camino de los bloques infantiles y la conversación—, pero entiende que cada hora que pasemos ahí arriba implicará dedicar un par más abajo a entrenamiento. Ya es bastante difícil estar sano hoy día, como para encima echar tiempo en baja gravedad. Y a vosotros os vendrá peor, porque si pasáis ahí arriba meses acabaréis perdiendo masa muscular rápidamente. Y acabaréis enfermando. Acuérdate de don Esteban, el de enfrente, que hizo lo mismo y a los cinco años le dio un infarto.
—Bueno, pues una casualidad... —Se defendió.
—¡Qué casualidad ni qué hostias, mamá! Que no, que vais a subir ahí arriba y en unos años la palmáis, que encima lleváis décadas sin hacer ejercicio y ya estáis bastante tocados. —Javier era sin lugar a dudas el más impulsivo y maleducado de los hermanos, y las cervezas hablaban más alto cuantas más se tomaba. — Que si queréis iros ahí..., pues nada, os vais..., pero que sepáis que es una mierda para vosotros, y una mierda para estos tres. Yo ni de coña les llevo arriba, encima con lo gordo que está el mío, vamos.
Zigor levantó la cabeza para mirar a su padre mientras su hermana fingía no haber escuchado cómo llamaban gordo a su hermanito. Eder levanto los brazos para calmar a Javier:
—Bueno, pero no tenemos que gritarnos, que estamos hablando tranquilamente.
—Es que vosotros no tenéis nada que perder, que lo veo. Al final voy a tener que cuidar yo de papá y mamá como me ha tocado siempre, y una vez vivan allí, de ahí no salen. Y no me sale de la polla irme allí a vivir, a ver cómo lo hacemos. ¿Vais a subir vosotros? Porque no veo a tu novio dejando el piso en uno cuatro, con lo que presume de tableta en el VCom...
Yvaine levantó la bandeja de pastas y la acercó a sus hijos. Eder cogió una sin dedicar un segundo a elegir, Íria le dijo que no a su madre y Javier emitió un bufido:
—Sí, vamos, lo que me faltaba. Baja gravedad y bollitos.
—Ay, hijos, es que no se os puede contar nada, de verdad. Anda que os alegráis. Nosotros estábamos tan contentos porque nos íbamos a mudar al lado de Adela y Diego, y mucho más cerca del Nervio-Sol, y solo le veis problemas.
—¡Mamá, que no os mudáis, que si subís ahí os vais a morir! Que es como si te pones a fumar, ¿qué no entiendes? —Javier se había levantado para gritar de forma apropiada, ocupando con su volumen parte del pequeño salón.— Que no es que no nos guste el piso de mierda ese, ¡que es una cosa de salud, coño!
Su cara se encendió. Arrugó la lata de cerveza, que su madre recogió de su mano como si los gritos no fuesen con ella, para luego salir del piso dando un portazo. Thais levantó la mirada:
—¿A dónde ha ido mi padre?
—Voy a buscarle, cariño, que se ha enfadado —dijo Eder mientras salía a buscar a su hermano.
—Papá está enfadado todo el tiempo, eso no es ninguna novedad. —A pesar de su edad, Thais se comportaba como una preadolescente, y su abuela sospechaba que en parte se debía a lo infantil de su padre.
—Mamá, tenéis que darle una vuelta porque no lo habéis pensado bien. —Aprovechando la ausencia de sus hermanos, y que Demian había terminado de limpiar la cocina para ocupar su sillón favorito en el salón, Íria trató de convencer a su madre.
—Mira que sois pesaditos con lo de la gravedad. Fuimos ayer a ver el piso, y la verdad es que se está la mar de a gusto. Vuestro padre subió las escaleras como no le había visto en años, que ni le dolían las rodillas ni nada.
—A mí no me metas en esto, que son tus hijos. —Demian fingía dormitar a pesar de ser perfectamente consciente de lo que pasaba en la habitación. Se llevaba bien con los tres hermanos, pero como padre no biológico siempre había jugado un papel secundario en la familia—. Que a mí me da igual vivir aquí que allí.
—Joder, anda que ayudas, hijo... —le reprendió Yvaine.
—Para eso estamos—respondió Demian medio en broma medio en serio.
Abajo, en la calle, Eder había alcanzado a Javier. Estaba sentado en un banco debajo de un foco de UV mientras observaba cómo la arbolada calle se curvaba ligeramente en el horizonte para desaparecer por un techo iluminado que descansaba a treinta metros de distancia.
—Que no me sale a mí de los cojones ir a nada al cero tres, hostias. Que llevamos ya diez años en el uno uno y cada vez estoy más flojo. Ni un minuto paso yo ahí arriba, vamos. —Escupió a su hermano antes de que este pudiese hablar—. Y ya me sé yo lo que vas a decir, que es su decisión. Y en eso tienes razón, pero el que se va a comer visitarles ahí arriba sabes quién va a ser, ¿no? ¿O vais a ir tu chico y tú? Que nos conocemos, Eder, joder...
Eder se sentó junto a su hermano. En el fondo, sabía que tenía razón. Nunca había tenido mano para el cuidado, a pesar de las apariencias, y Javier, con su aparente brutalidad visible, era el más empático de los tres.
—Si es que va a ser así. Mamá y papá se van a ir a vivir arriba, al piso más cutre de todo, a un tercio de la gravedad estándar, y el que se va a comer estar con ellos voy a ser yo. Y peor, mis hijos, porque a ver quién encuentra piso ahora a una gravedad o un poco más. ¿Tú has visto cómo se han puesto los pisos, tío?
—Tienes razón en todo, Javi, —Eder tenía esa forma de no entrar en discusiones, apartándose de ellas sin mojarse—, yo tampoco quiero que se muden, pero cuanto más pesados nos ponemos en eso, más se enroca mamá. Y Demian ya sabes cómo es, que tampoco va a mojarse mucho. Si mamá ha decidido irse con sus amigos arriba, no creo que podamos impedírselo.
Eder guardó silencio junto a su hermano y ambos miraron el falso horizonte. Un par de personas en bicicleta pasaron junto a ellos. A esa velocidad solo tardarían tres horas en dar la vuelta completa al anillo y aparecer por donde habían venido. Algo que no se considera de la colonización espacial es la vida que lleva la gente en las naves generacionales. Sobre el plano, llevarían vidas placenteras y cómodas sobre la superficie del cilindro, pero la realidad siempre superaba la ficción. Después de la caída del gobierno terrestre y la independencia de la colonia que sería su destino, el cilindro había cambiado de manos y ocho anillos adicionales habían sido construidos entre el que iba a ser el único nivel y el eje de rotación. Lo que iban a ser unas vistas espectaculares del cilindro al completo se habían convertido en los bajos del nivel superior, de cero coma nueve gravedades. A medida que se subía en ascensor, la rotación imprimía menos fuerza contra el suelo. Y en apenas dos generaciones la sociedad se había estratificado. Tres nuevos niveles habían sido construidos también por debajo, a uno coma uno, uno coma dos y uno coma tres gravedades. Los extremos no eran buenos para la salud, pero eso a la compañía que administraba el cilindro le daba igual.
—Podríamos comprar la vivienda.
Javier miró a su hermano, sorprendido por la propuesta.
—Tenemos algo de dinero, no mucho, pero entre los seis igual podemos —argumentó Eder—, seguro que Íria también tiene algo guardado. No mucho, pero algo. Les compramos la casa a papá y mamá, la ponemos en alquiler, y con eso les pagamos un piso ahí arriba. Sigue siendo una mierda porque se van a acabar matando, pero al menos cuando vuestros hijos sean mayores van a poder vivir ahí, no se van a tener que ir a arriba.
—Yo si lo hacemos los tres igual sí, pero la verdad es que vamos al límite en casa, con esos dos tragadineros. Venga, vamos a volver y se lo cuentas a Íria, a ver qué dice porque sabes que ella va a decidir como hace siempre. Pero primero a ella, que mamá no se entere, y ya si eso se lo decimos a ella.
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