Publicado a 2026-08-21
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Los sudores fríos y los ataques de pánico operan como mi despertador personal desde hace poco más de una semana. El día se reinicia con un estallido nervioso similar a una caída sin movimiento, arrancándome de una pesadilla nocturna para transportarme a hostias a una diurna. La cama está empapada de sudor y el corazón cabalga sobre el pecho. Ni siquiera una ducha fría es capaz de calmar los nervios.
«¿Qué cojones estoy haciendo con mi vida?»
Mi cuerpo está demasiado agotado para un desayuno adecuado y la fatiga hace inviable cualquier intento de ejercicio físico. Los párpados pesan y los músculos parecen atrofiados desde hace demasiados años. Cualquier tarea obligatoria como un lavado básico de dientes antes de salir por la puerta se convierte en un mundo. Luego, ese mismo mundo me devora mientras avanzo por el pasillo y mis subalternos me saludan.
«¿Estaré siendo capaz de esconder mi estado de ánimo?», pienso mientras imposto una sonrisa con los labios que sin duda mis ojos hundidos delatan como falsa.
Hoy toca el peor escenario posible: monitorizar el comedor, revisar facturas, estructurar el cuadrante. Recorro los pasillos de servicio y entro desde la zona de carga de la cocina. Saludo por obligación contractual a quienes llevan horas cortando, preparando y emplatando alimentos. ¿Es su vida peor que la mía? Observo cómo depositan las diferentes opciones de desayuno sobre la línea de mármol que divide el mundo laboral de las vacaciones familiares. Varias manos furiosas ignoran las pinzas higiénicas y manosean las porciones de pizza. La cola se ha deformado y rostros desaprensivos miran a mis chicos, esperando una rápida reposición de más porciones. Aquí dentro huele a sudor, queso fundido y pan quemado. Yo aporto al menos uno de esos aromas. Vomitaría, pero no tengo nada en el estómago salvo malas decisiones. ¿En qué momento este se convirtió en mi futuro?
Uso una de las salidas al pasillo central y me sumerjo en la masa de turistas que avanzan con platos repletos de azúcares. Gritan y se entorpecen unos a otros. No concibo cómo esta puede ser una opción vacacional. ¿Qué ve la gente en la angustia vital de madrugar para colocar la toalla y reservar una tumbona? Una mujer me sonríe y me enseña la pulsera anclada a su muñeca izquierda, y la mía se siente adormilada.
«Señora, me importa una puta mierda su pulsera platino». Le sonrío de vuelta con una dentadura impostada y le doy los buenos días.
Van a pillarme, en cualquier momento alguien me señalará y comunicará en voz alta que estoy deprimido. Quizá todo el mundo lo esté, los turistas y los empleados. Quizá este circo sea todo una farsa de carbohidratos, fritos y alimentos nutricionalmente cuestionables. Quizá sea un _reality_ y yo sea la víctima.
Me detengo un segundo a inspeccionar los carros. Vasos bocabajo para los limpios, bocarriba para los sucios. Una ojeada en detalle revela que un par de vasos bocabajo rezuman algún tipo de sustancia marrón. Café. Hago una seña y una de las camareras recoge la bandeja y se la lleva de vuelta a la fila de lavavajillas industriales. Me pregunto si alguien habrá cogido un vaso sucio. Qué asco, pero tampoco me importa en demasía. No sé por qué hago lo que hago, soy un impostor. Quiero irme, pero tampoco sé a dónde. ¿Lo dejo todo y me marcho? La mano y la muñeca izquierdas hormiguean.
Miro hacia la vía de escape más cercana: la multitud. Una mujer transporta una pirámide de bollos en un plato y una pirámide de nata en otro. Un señor se empuja un panecillo a través de la boca usando una cuchara mientras la crema explota y le mancha la mano. Un niño pequeño, no mayor de ocho años, cabecea como un péndulo en lugar de caminar mientras avanza sosteniendo un plato más grande que su cabeza repleto con una pirámide de tarta. La papada se le junta con pechos dignos de lencería y un cinturón de líquido separa el ecuador del ombligo-lumbar del bañador. Su padre, de un suntuoso porte equivalente, oscila detrás de él. Ninguno puede flexionar las rodillas. ¿Cuándo se convirtió esto en mi mundo? ¿Por qué estoy aquí?
Siento vértigo. Me apoyo de forma no tan disimulada en una columna. Si los griegos hubiesen tenido este tipo de capitalismo, habrían escrito epopeyas dedicadas a su exceso. Ulises habría ido de vacaciones a la playa con la custodia de Telémaco y ambos volverían con diabetes tipo 2 y quemaduras de segundo grado. Penélope haría videollamadas dando voces e interrumpiendo al resto de los comensales mientras su nuevo novio, a quien encargó por Tinder en lugar de asediar su piso de Londres, escucha la conversación. Joder, un señor acaba de depositar dos platos repletos de huevos fritos sobre la mesa familiar que comparte con quienes supongo son su mujer y sus dos bebés. Ambos protohumanos están conectados a sendas pantallas y llevan preciosas diademas con auriculares para aislarlos de la decadencia a la que sus progenitores los han arrastrado. Esto tiene que constituir algún tipo de delito.
Uno de los camareros me toca el hombro justo donde el dolor asciende hacia la clavícula. Si mis reflejos funcionasen, me habría asustado. Lo miro con indiferencia; él me sonríe. Empezó a trabajar la semana pasada y me tiene en un altar. Es todo vigor e intensidad física. ¿Era yo así hace dos décadas?
«Ya verás cuando pasen veinte años y hayas perdido la mitad del pelo, hijo de puta», pienso descubriéndome a mí mismo manteniendo una mirada fulminante. Cambio todo lo rápido que puedo a una sonrisa y doy una palmada a su mano, en parte para que retire la suya. «Piérdete, anda».
Habito en el centro de un ecosistema laboral, a menudo más moreno que la media poblacional, dedicado al confort de los rosados del Imperio. Las caras lechales y los brazos quemados por el sol cobran fuerza en el menú. Gruñen en inglés. He visto piaras más educadas. No lo soporto más. Tengo que salir de aquí.
Regreso al pasillo de servicio más cercano a través de una puerta que debiera estar cerrada pero que los trabajadores mantienen abierta para salir a fumar, y me quedo contemplando un pasillo lleno de carritos de comida, sábanas y productos de limpieza. Se supone que los flujos no deberían coincidir, que los productos químicos no pueden entrar en contacto con los carritos de comida y que estos no deberían estar cerca de las sábanas y toallas limpias. Me va a dar un puto infarto por dos motivos: porque el hotel es un desastre y porque a la vez me importa una puta mierda todo. Me enciendo un pitillo a modo de desayuno y trato de ignorar la galaxia de cigarrillos a mis pies.
«Putos críos».
También intento apartar la mirada del polvo que condensa telarañas en el techo, de las humedades de las paredes, de la suciedad del suelo. Este establecimiento ha visto tiempos mejores. Lucha a diario contra la erosión que se extiende en forma de goteras y humedades, de olores extraños en los fregaderos de las habitaciones, de baches en las aceras. Las tablas de las terrazas y porches están carcomidas por la sal y el sol, y hay más metal oxidado que en buen estado. El hotel refleja perfectamente cómo me siento. ¿Era así cuando entré o es que mi juventud me impedía verlo? Y, más importante: ¿qué decisión vital me encerró en este trabajo de mierda? ¿En qué momento de mi vida pude haber elegido algo distinto a esto? Yo podría haber llegado a algo. No puedo sino preguntarme en qué me equivoqué, y si puedo salir de aquí. Me pregunto si ella volvería conmigo si me escapara, o si, por el contrario, ambos destinos correrían independientes. El dolor del brazo ahora palpita. Doy una última calada al cigarro hasta notar el olor del filtro quemado, lo tiro al suelo y lo pisoteo.
Camino rápido hasta la playa con intención de que ningún subalterno pueda detener mi marcha, fingiendo estar ocupado y dejando atrás varios carritos con los que las camareras de hotel transportan su equipación para hacer camas y limpiar mierda de los honorables turistas. Todo lo que engullen en el buffet acaba en nuestros pobres inodoros junto a papel higiénico, toallitas e incluso pañales o cigarros. Esta mañana vuelve a venir el de los desatrancos.
Llego a la playa, me quito las zapatillas y hundo los dedos en la arena. En teoría yo no puedo usar las instalaciones de los turistas, no tengo pulsera, pero ser el gerente tiene sus ventajas, a saber: no puede importarme menos la opinión de nadie. Las olas rompen sobre las rocas a mi derecha al tiempo que las lorzas de nuestros excelentísimos clientes rompen contra sus sufridos bañadores. Trato de centrarme en lo primero, pero los cuerpos deformes por la acumulación de grasa, las malas decisiones alimentarias y la nula actividad física despiertan más interés morboso. Trabajo en un monumento al exceso.
«¿Por qué trabajo en un mon... ?»
Un shock recorre mi cuerpo y lo inmoviliza. Mis propias lorzas forman pliegues ante mi contorsión hacia delante. Una rodilla se clava en la arena de forma involuntaria y mi cuerpo pide matrimonio al mar mientras orienta la coronilla como un girasol en busca de radiación. El brazo izquierdo irradia un dolor punzante que se extiende hasta el pecho. No puedo hablar. No puedo apartar la mirada de esos hijos de puta con pulsera. La arena viene a por mí.
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