Publicado a 2027-07-23 --- Cuesta abajo sobre la mullida y pálida pista de micelio, la bicicleta de Ellie parecía volar sobre los sembrados de patatas y trigo que corrían a ambos lados y en dirección opuesta a su movimiento. De tanto en tanto, uno de los fibrosos nudos de la pista hacía temblar el manillar al golpear las ruedas de madera, y el saco de tela se movía para mostrar la menguante barra de pan. La mano de Ellie tanteaba el manillar, la bolsa y la oquedad, pinzaba un pedazo de pan sin dejar de prestar atención al sendero, y se metía en la boca la fracción robada. Su abuela le regañaría por eso dentro de una hora, pero de momento el tiempo a toda velocidad hacia el valle era completamente suyo, y el trofeo harinoso logrado en su expedición también. Aquella mañana había madrugado para aprovechar los vientos que, hacia el oeste, la ayudaban a pedalear cuesta arriba por el camino de los campos, hasta la meseta. Había sido la noche previa, durante la cena, cuando había planificado la primera excursión del primer verano de ese año. Ahora que volvían a visitar a la abuela, su padre y ella habían estado hablando sobre los espíritus que descansaban sobre todo lo que estaba vivo y sobre cómo era posible verlos muy de mañana sobre los campos sembrados. En clase les habían explicado que en realidad no se trataba de espíritus, sino de un proceso biológico de lo poco que quedaba de las colonizadoras impactaron ahí hacía generaciones. Todavía quedaban rastros soterrados de estructuras duras y aleaciones metálicas, y su disolución por los hongos nativos generaba aquellas luces tenues solo visibles en la oscuridad y la distancia. De modo que, con el interés que aporta la juventud y vivir una aventura, Ellie había revisado las tablas de goteo y había programado la báscula con el líquido justo para despertarse una hora antes de que la luz inundase la aldea. Cuando la última gota de líquido en equilibrio golpeó sobre el plato elevado y fue capaz de vencer el contrapeso, este se elevó durante un par de minutos, moviendo las campanillas y finalmente dejando caer varias caracolas silbantes junto a la hamaca de Ellie. Se desperezó hasta estirar las manos hasta el agujero de ventilación por el que los pulmones de fuelle insuflaban aire exterior a la vivienda, refrigerándola, y mantuvo la postura unos minutos mientras repasaba cómo sería el día y soñaba despierta mientras jugaba con los pies a tocar los nudos arbóreos que conformaban las paredes de su habitáculo. Se le estaba quedando cada vez más pequeño, y su abuela hacía tres veranos que había empezado a cultivar el siguiente módulo. Quizá para el siguiente estuviese habitable. Un bol de fruta, cuyos restos acabaron en el conducto digestivo de la casa, y un cepillado de dientes insuficiente después, la pequeña retiraba la bicicleta de su padre para desbloquear la suya, despertando a medio vecindario en el proceso. Una oscuridad plateada de luz de anillos aún inundaba el valle, dándole el aspecto fantasmagórico perfecto para explorar. Empujó su bicicleta hasta el pórtico de la casa y retiró dos de los seis bulbos bioluminiscentes que anunciaban la entrada, colgando uno delante del manillar y depositando otro en la cesta trasera. Ahora su bicicleta era el centro de un cálido haz de luz, y ella estaba lista para la aventura. El pedaleo hacia arriba sería lo más complicado del viaje, pero un montón de peripecias imaginarias la esperaban al otro lado de la meseta. Al poco de empezar a pedalear sobre el micelio, la primera ráfaga desestabilizó su bicicleta con aroma de playa. Completamente predecibles, los vientos corrían desde la orilla de la playa, ubicada dos aldeas más abajo, hasta lo alto de las montañas. Ellie desplazó una de las palanquetas del cuadro mientras trataba de no caerse y los tensores de la bicicleta arrastraron el plumaje más corto unos grados, haciendo que parte del cuadro y la caja pareciesen hinchados como una gallina. Aún quedaban unos minutos para que los vientos fuertes alcanzasen la bicicleta, pero con el apoyo atmosférico de las primeras brisas era mucho más fácil moverse hacia arriba. Desplazó la segunda palanqueta y un conjunto de tendones, varillas y cuero liso emergieron de la potencia, se desplegaron junto a los cambios o se abrieron a ambos lados del manillar como orejas. Su padre y ella aún estaban trabajando en un tercer sistema de velamen e incluso en una cometa frontal tanto para el ascenso como para frenar cuesta abajo, pero todavía no estaba terminado. La primera señal del viento la sintió en la nuca y en el rabillo del ojo a medida que los campos de trigo bailaban pálidos con nuevas ondulaciones. Agarró con fuerza el manillar, redujo la velocidad de pedaleo y se preparó para el impacto, que llegó unos segundos después. Las plumas acolchadas y cuero firme de la bicicleta absorbieron parte del viento y catapultaron a Ellie en el ascenso. Gracias a la aerodinámica, había momentos en los que ni siquiera hacía falta dar pedaladas cuesta arriba, ya que la presión de la brisa era suficiente como para empujar. De tanto en tanto, la adelantaban bancos de esporas no limitados por el rozamiento de las ruedas. Decenas de metros más arriba, sobre su cabeza, pasaban ocasionalmente algunos brotes de árboles de hidrógeno, con su globo hinchado, viajando hacia las planicies del oeste. Mucho más arriba, llenando buena parte de la franja del cielo, los anillos L y M giraban y reflejaban parte de la luz de la estrella de forma débil. Ya podía observarse cómo el segmento norte, que se hundía en las montañas, brillaba con la fuerza de la mañana. En unas horas todo el arco se llenaría de una luz intensa que ayudaría a crecer la comida. Dejándose empujar por el viento, Ellie miró hacia el otro lado, hacia los anillos que se hundían en el mar, al sur, donde la oscuridad del cielo y la del océano se fusionaban. A pesar de la lejanía, la tormenta permanente que allí descansaba desde que su padre era pequeño la puso nerviosa. Estaba tan ensimismada en el horizonte que se sobresaltó cuando tres trabajadores pasaron junto a ella en dirección contraria a toda velocidad. Cargaban apeos de pesca y se desplazaban con sus bicicletas de carga hacia el puerto. A la velocidad a la que viajaban, llegarían en poco tiempo. Uno de ellos la saludó a gritos que quedaron rápidamente atrás. Probablemente algún amigo de su padre al que no logró recordar. Le devolvió un grito que el señor probablemente no fuese capaz de escuchar. En los puntos con más pendiente se veía obligada a dar algunas pedaladas para acompañar al viento, pero la mayor parte del viaje solo tenía que deslizarse cuesta arriba mientras navegaba con la brisa. De tanto en tanto, alguien la adelantaba a no mucha velocidad relativa. Por la hora, se trataba de gente que iba a trabajar a aldeas de la meseta. A diferencia de su bicicleta, que era aún pequeña, estaba torpemente emplumada y con velas de cuero diminutas, las bicicletas que la adelantaban estaban hinchadas con preciosos velámenes que recogían hasta la más ligera brisa. Existía el dicho de que en toda la región de Aben no había dos transportes iguales ni dos saludos mañaneros idénticos. A pesar de su adolescencia, Ellie se sintió un poco más adulta con cada interacción, como si fuese una trabajadora más que acudía a la meseta por las mañanas, hacia la responsabilidad de contribuir en la sociedad de la que aún era simplemente receptora. —¡Luz temprana! —la saludó una mujer emperifollada. —Sogas firmes, pequeña —casi le susurró un señor mayor que se tocó un innecesario sombrero. —Que la brisa empuje tu día —repitieron de manera sistemática uno tras otro varios adultos que la dejaron atrás. Este fue el saludo que más le gustó a Ellie. Intentaría recordarlo para anotarlo luego en el cuaderno donde trataba de recogerlos todos como parte de sus deberes. Con un transporte tan lento, tardó en subir lo suficiente como para que le entrase hambre de nuevo. El aire en la meseta no era suficiente como para desplazarla, de modo que pedaleó hasta una de las torres de viento en la que había bancos y se apuntaló en uno de ellos, cruzando las piernas sobre sus listones. Un par de operarios de la torre fumaban mientras revisaban cientos de metros de soga a medida que pasaban por delante de ellos. La cuerda, untada en savia protectora, circulaba por delante de sus ojos para la inspección continua. Luego giraba por las enormes poleas tiradas por el aerogenerador vertical que rotaba con la lentitud de quien acumula décadas de uso, se acoplaba a la rueda maestra y giraba en dirección a las aldeas. Esta era la torre más al este. Ellie se llevó unas bayas a la boca mientras trataba de seguir la soga de viento, que se perdía en el horizonte a medida que se hacía más y más pequeña. Cuando ya no le fue posible seguir la guía, se puso a mirar a los viajeros que usaban el tensor para desplazarse con sus bicicletas, y cuando estos se convertían en puntos diminutos, sus ojos jugaron a seguir la línea de torres de velas blancas que cargaban con la responsabilidad del transporte. Una bicicleta reconocible pasó junto al banco transportando a una de las vecinas de su aldea, que la saludó con cariño mientras le robaba un puñado de frutos, le sacaba la lengua y pedaleaba en dirección a la soga. La joven desplegó la varilla flexible de su manillar y, con un giro suave practicado durante toda una vida, encastró su bicicleta con el tiro de la soga de viento. Hipnotizada por el crujir de los engranajes y la conversación intrascendente de los operarios, Ellie observó a su vecina desaparecer en la lejanía. En realidad, estaba haciendo acopio de valentía para usar el transporte y llegar a la siguiente aldea, ya que nunca se había colgado sin ayuda de su padre. Una vez con la tripa llena y la cara iluminada por el reflejo solar de los anillos, se animó a acercarse a la soga. Aunque cualquiera podía anclarse en cualquier punto de la soga, una pequeña rampa de madera ayudaba a las personas más inexpertas a aprender. Un operario reparó en Ellie y la acompañó en la maniobra. —La clave consiste en moverse junto a la cuerda y engancharse cuando vayas a cierta velocidad. Venga, que te ayudo. —¿Y si me caigo? —Entonces te levantas y lo intentas otra vez. Ellie se subió a lo alto de la plataforma mientras que el operario la esperaba una decena de metros más adelante, al otro lado de la soga. Le hizo un ademán y Ellie se deslizó haciendo que los tablones de madera sonasen con los golpes de las ruedas macizas. A diferencia de las suaves y mullidas pistas de micelio, los tablones saltaban a su paso. Alcanzó al operario unos segundos después, y este realizó un rápido movimiento casi invisible para anclar la varilla de la bicicleta a la soga. Un ligero tirón desestabilizó la bicicleta lo suficiente como para erizar el poco vello de Ellie, pero el susto dejó paso a una adrenalina basada en la emoción de desplazarse a elevadísima velocidad sobre el terreno. Aunque pocos minutos después, una vez que hubo controlado el equilibrio de mantener el manillar ligeramente girado y observaba el paisaje desplegarse a su alrededor, se había adaptado a aquella velocidad, y no le hubiese importado si la soga la impulsase a unos cuantos nudos más. Tardó pocos minutos en llegar a la siguiente aldea, vagamente familiar, aunque no logró desengancharse de la soga hasta que la hubo rebasado por completo y tuvo que pedalear de vuelta hasta la panadería a la que estaba segura de que había acudido previamente con su padre. Le dio al tendero el nombre de su familia y, tras anotar el pedido en el libro de registro, este le entregó algo de pan, que Ellie depositó en la bolsa de tela, y unos humeantes bollos que fueron a parar a la cesta en la que también depositó los bulbos ahora ya casi apagados. Mordisqueó la punta del pan mientras empujaba su bicicleta a través de la aldea, buscando la soga de viento, que localizó detrás de un cobertizo. Dejó pasar a un señor que viajaba en la dirección que ella había tomado esa misma mañana y se colocó junto a la soga que la llevaría en sentido contrario, de nuevo en dirección a su aldea. Empezó a pedalear con fuerza hasta aproximarse a la velocidad de la soga y, al borde de sus fuerzas, enlazó la varilla al movimiento de esta. Se permitió relajarse lo suficiente en el camino de vuelta como para contemplar algo en lo que no había reparado en el camino de ida. Una cadena humana de arboricultores cortaban ramas de una plantación de árboles de hidrógeno, les ataban peso para que no saliesen volando y los subían parcialmente ingrávidos a un carro donde eran atados. Volar con ellos era peligrosísimo, y más de un joven se había hecho daño al explotar alguno, pero si juntabas muchos de aquellos globos, podías transportar una carga inmensa incluso cuesta arriba. Una vez Ellie y su padre ayudaron a un transportista que había pinchado un par de estos globos en mitad de su ruta, descargando algo de peso del carro para que el empuje vertical ayudase a aligerar la carga. Se bajó en su parada con más gracia de la que había demostrado al montarse y buscó al operario que la había ayudado antes, aunque al no verlo enfiló hacia la cuesta. Se ajustó las gafas protectoras y se aseguró de tener la cesta bien atada. Se caló el casco y se dejó caer a la máxima velocidad que ofrecía el rozamiento contra el micelio y los vientos, que aunque más débiles que por la mañana la presionaban el pecho y la zarandeaban las mejillas. Ahora, la potencia solar era reflejada por los anillos con tanta fuerza que sin la brisa del movimiento en la piel podría resultar hasta molesta. De hecho, los pocos agricultores con los que se cruzó ya se habían protegido con sombreros y livianas mantas tejidas con fragmentos triturados de conchas que ayudaban a reflejar la luz, motivo por el que eran visibles sobre los sembrados. Fue en el momento en que trataba de hacer memoria de los saludos de aquella mañana que cayó en la cuenta de que se le había olvidado mirar cuesta abajo para ver los espíritus del valle desde arriba, lo que prácticamente la obligaría a montar una segunda expedición a la mañana siguiente.