Publicado a 2026-08-15 --- —¡Eh! —La voz de Gorka hizo que su compañero diese un brinco, tras lo que Paul sonrió y observó de vuelta por encima de aquellas ridículas gafas de sol graduadas—. ¿De dónde has sacado eso? Paul era la persona más rara que conocía, con diferencia, y quizá por eso fue interesante invitarle al piso cuando también le dieron la patada en su relación. Barbilampiño, mucho más calvo de lo que le habría gustado admitir, de ojos mediocremente marrones y con una colección de tres gafas permanentemente colgadas al cuello que le agregaban un lustro cada una, Paul tenía unos días de permiso en la fábrica, por lo que se había dedicado con elevado interés a rebuscar en las pertenencias de Elisa. No se le daba nada bien respetar los límites, particularmente no aquellos que olían a historias. Había localizado un taburete, buscado en la parte alta del armario y bajado un enorme baúl de plástico que en su momento debió tener ruedas. Las gomas que a duras penas habían sujetado la tapa estaban partidas sobre la cama de Gorka, la tapa transparente sobre ellas, y medio centenar de documentos antiguos, quizá de la madre de Elisa, orbitaban a Paul, que se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas. —¿De dónde has sacado eso? —repitió Gorka señalando lo que tenía entre las manos, a pesar de saber perfectamente la respuesta. Paul no era precisamente cuidadoso y todo a su alrededor daba pistas de su actual actividad. El armario de par en par y el hueco en la balda aportaban toda la información necesaria para contestar la pregunta retórica. No era el tipo de persona que saliera impune de un crimen. —Mira, tío. —Paul se levantó de un brinco con sorprendente agilidad para una persona de sus dimensiones—. Vas a flipar con esto. No es que Paul quisiese cambiar de tema. Por lo que Gorka había podido comprobar durante esta semana de convivencia, simplemente era así y se distraía consigo mismo. En el fondo, no le molestaba que hubiese hurgado en las cosas de Elisa. De aquello hacía media vida y, en el fondo, la culpa era suya por invitarle a casa sabiendo cómo se iba a comportar. —Mira lo que he encontrado —repitió Paul emocionado mientras le mostraba la cubierta de una antigua revista de holocelulosa, de las que se abrían y dejaban escapar sonidos e imágenes proyectadas a un palmo del papel. La tenue luz que entraba por la ventana era suficiente para cargar las células de energía a pesar de llevar décadas años almacenada. Ya nadie publicaba en esa estupidez, de la misma forma que nadie fabricaba gafas VR ni conectaba sus frigoríficos a la red. Gorka ni siquiera se dignó a contestar. Puso los ojos en blanco, dio un sorbo al café sintético que necesitaba para despertarse y arrastró los pies en dirección a la cocina. Su absurda altura, el pelo desaliñado y los calzoncillos largos parcialmente ocultos por una camiseta varias tallas más grandes le daban un aspecto gracioso. Paul lo siguió ilusionado, sujetando la revista como si de un tesoro se tratase. En la portada, una pareja sonreía a la cámara mientras flotaba en gravedad cero, apreciable por la forma en la que ella dejaba flotar su pelo. Un título gigantesco en letras blancas rezaba "Tus próximas vacaciones", y al fondo de la imagen se podía ver un impresionante complejo orbital con cientos de personas. Por algún motivo, todas se movían pegadas a la superficie, y también por algún motivo se parecía a un antiguo centro comercial como los que solía haber en las grandes ciudades. —¡Mira! —Paul aprovechó el giro de Gorka para ponerle la revista a la altura de los ojos, lo que activó el reconocimiento facial. «¿Preparada para tu próximo viaje al espacio?» —gritó la revista. —Quita, hombre —farfulló Gorka al esquivar a su compañero y entrar por fin a la cocina, donde se fingió ocupado. —Aquí dice que en 2072 el turismo espacial será algo totalmente normal y que la gente pedirá helibuses desde vertipuertos en las azoteas... —Sí, pero en la nuestra se ve que se olvidaron de ponerlo —bromeó Gorka. —... y que la gente vivirá en grandes comunas colectivas. —¿Esto vale? —observó, apuntando con el índice a su nuevo compañero de piso. —Es una pasada, es que no dieron ni una en este reportaje. —¿Qué reportaje ni qué mierda? Quien lo escribiese proyectaría al futuro la primera estupidez medianamente viable que se le ocurriese en aquel momento. —¡Ah! —exclamó Paul levantando un dedo e ignorando las críticas—, y hace por lo menos cinco años que estamos todos conectados mentalmente a las inteligencias artificiales. ¿Te acuerdas cuando había chats de IA? Mi madre usaba uno constantemente para el trabajo. —Como si fuésemos a tener energía para algo así. —Gorka había sido arrastrado a la conversación en contra de su voluntad. Paul pasó un par de hojas más y una voz en off comentó «máquinas que imprimen comida, ¡en todas las cocinas desde 2065!». La imagen mostraba una preciosa cocina abierta, con un módulo central para los fuegos, blanca y llena de luz, haciendo zoom a un enorme cubo con varios tubos que vaciaban su contenido sobre un plato, dibujando una hamburguesa tridimensional. —Pues tampoco —Señaló Gorka con la taza de café a la encimera atestada de máquinas. Ninguna de ellas imprimía comida. La cocina que ocupaban era estrecha, bastante oscura en situaciones normales y particularmente sombría una vez los visillos habían sido echados y la persiana bajada para impedir que el calor entrase. Una arrocera, la kettle, una tostadora horizontal y la cafetera ocupaban buena parte de la encimera de falsa piedra negra. —Pues a ver esto —continuó Paul—, porque hemos logrado solucionar la crisis climática también hace unos años. Se cerró el agujero de ozono (esto sí es clavado) pero ya no hay calentamiento global. ¡Ah, no! Dice que ya hemos alcanzado el pico de carbono y que estamos bajando. Eso es más realista. Pero vamos, que estamos a puntito ya de solucionarlo, que lo sepas. —Como es el caso —respondió con sarcasmo ácido al ser de nuevo consciente del avance del desierto a las puertas de la ciudad. Las nubes de polvo habían desplazado las dunas al norte de Carpetana y en unos años la red de metro sería la única forma de desplazarse por la ciudad, dejando de lado los camellos para turistas. Paul pasó otro par de hojas y golpeó la revista con los dedos. —¡Aquí está! —Sonreía como un imbécil mientras leía—. "El año 2069, coincidiendo con el aniversario de la llegada del ser humano a la Luna, el último trabajador de Europa se jubila de forma anticipada y deja que las máquinas tomen el relevo". Y mira, aparece el señor más feliz que la hostia porque ya no trabaja, ¡igualito que tú! —Pero a mí me ha fallado lo de los robots, a menos que tú te consideres uno y te pongas a recoger la casa. —No, humano cien por cien. Pero no te preocupes —dijo Paul volviendo a mirar por encima de las gafas— porque vas a recibir una pensión vitalicia en forma de renta básica universal y no vas a tener que preocuparte por cosas mundanas como el alquiler. —Debe estar a punto de llegar el cheque, sí. —Según esto llevas ya unos años cobrando —puntualizó Paul. —Primera noticia. —¡Qué cabrones! —Paul aumentó la sonrisa. —¿No puedo cobrar mis cheques? —No hay cheques... —¡Qué cabrones! —repitió Gorka elevando las pobladas cejas. —... pero esto es muy inteligente, la verdad. En la última página pone "Punto Jonbar" y dice que lamentablemente hubo un viaje en el tiempo y que lo que se muestra en la revista no son especulaciones, son retazos de una ucronía. —¿Qué es una ucronía? —Un pasado alternativo, en plan lo que pudo haber sido si el tipo este no hubiese viajado en el tiempo. Pero por lo visto llegó en el siglo XVIII y se puso a cambiar cosas. Y por su culpa no tienes trabajo, ni novia, ni cheque... te está saliendo entrecejo... —Menudo cabrón. ¿Dice si se dejó la máquina del tiempo en algún sitio? Es para un amigo. —Gorka se terminó el último trago de su café sintético. En el fondo, agradecía la compañía. Paul era un tipo divertido. —No, la debió esconder o algo. Viajó atrás, pisó algún insecto, y ahora estamos en la mierda. Ah, pero mira, una oportunidad. En la contraportada dice que si te quieres comprar un coche, que durante todo 2025 va a haber un descuento en el impuesto de matriculación. —¿Qué puñetas es un coche? Paul se encogió de hombros mientras miraba a su amigo. —Una especie de doble bicicleta pero con un caparazón por encima. Hay un render. --- >[!example] [[Todos los relatos]]