Publicado a 2026-07-12
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El tren frenó en la estación tras un imperceptible siseo electromagnético y abrió sus puertas. Los pasajeros buscaban el espacio que ocuparía la puerta junto al andén de la forma en la que las palomas buscan el próximo puñado de migas de pan. Las puertas se abrieron y vomitaron cientos de rostros desconocidos, absorbiendo luego una cantidad proporcional, como si el tubo de metal respirase personas. En el absoluto caos ordenado con base en empujones, subieron todos, incluido él. Incluida esa silueta ofensivamente invisible, insultantemente etérea.
Fue el último en subir, y las puertas se cerraron a sus espaldas sin prestarle demasiada atención, como si los sensores que regían el mecanismo de seguridad no pudiesen identificarle del todo. Las máquinas ejecutaban su programación sin titubeos, y él era tan invisible a ojos de las personas como a sus sensores.
Tan pronto ambas puertas colisionaron entre sí y se formaba el sello atmosférico que indicaba que el tren iniciaría de nuevo la marcha en dirección al siguiente destino, él comenzó a hablar con tono sereno, proyectando la voz. Su discurso, ensayado centenares de veces al día durante demasiados días como para llevar la cuenta, caía en oídos sordos con palabras mudas. Nadie dentro del vagón podía escucharle, tal y como lo habían decidido ellos mismos.
El filtro con antispam acústico de los auriculares, desarrollado hacía poco por la Compañía, lograba lo que aquella sociedad enferma había perseguido durante décadas: ahora ya era posible apagar voces no deseadas. Nada de flyers a la salida del metro, nada de telepredicadores secuestrando vagones, nada de ritmos estridentes cantados a través de un altavoz de mala calidad para sacarse unas monedas. Y nada de monedas para quien las necesitaba.
Ahora la gente podía ahogar sus gritos en la penumbra sonora a elegir por cada usuario, podrían fijar tranquilamente los ojos en sus rectángulos a pesar de los gritos de dolor de hambre que recorrían el vagón, solo perceptibles por el olor. Entre todos, lo estaban matando de inanición mediante el silencio. Aquel hombre hablaba a la nada del vagón abarrotado de gente mientras el resto de personas le ignoraban activamente.
Confinado en su burbuja de realidad, los oídos sordos le contemplaban de tanto en tanto unos segundos, impasibles desde sus asientos, solo para desviar una mirada muda hacia sus asuntos, hacia sus burbujas individuales. Los pasajeros habían seccionado en dos la realidad, y ahora él estaba fuera.
Llevaba demasiado tiempo en la calle y alejado de los circuitos comerciales como para estar informado de la última tecnología. Sin un solo gadget, era considerado de manera despectiva como un antiguo, un ludita. Uno de esos seres que había preferido vivir en una cueva. Y ahora mismo su cueva se desplazaba sin traqueteo sobre raíles. Una de las ventajas de ser ignorado es que cualquier lugar confortable podía constituir una cama.
Hacía nueve meses que el primer filtro antispam había sido levantado para amortiguar la señal de su voz sin que él lo percibiese. Fue a la salida de la estación central, cuando pedía unas monedas a un joven que, sonriéndole, negó con la cabeza y pulsó sobre su rectángulo la señal de "sonido spam, ignorar". Apenas unas horas más tarde, y tras una cuarta denuncia, los servidores etiquetaron sus cuerdas vocales como ruido, condenándole al olvido del bloqueo. Apenas unos meses más tarde, con la popularización del nuevo software, se había vuelto invisible.
Aunque él contaba la misma historia de hacía años, ya nadie podía escucharle. Su voz había sido desactivada en los oídos de quienes usaban auriculares de la Compañía o con software proporcionado por esta, lo que en la práctica era toda la sociedad con excepción de unos pocos olvidados relegados a los márgenes.
De tanto en tanto, caminando a través del vagón, se encontraba con otra de esas personas. Se saludaban con la mirada, pero sobre todo mediante palabras, ávidos como estaban de ser escuchados. Luego, ambos continuaban su infructuoso peregrinaje en sentido contrario.
En ocasiones lograba establecer contacto visual durante unos segundos con alguien, pero cada vez que emitía un sonido, los auriculares comprobaban su voz con los servidores en microsegundos y la amortiguaban hasta prácticamente anularla, convirtiéndola en un siseo por debajo del ruido casi imperceptible de los rieles electromagnéticos.
Desde hacía meses, nadie escuchaba a los sintecho. Desde hacía meses, ya no hacía falta. Ahora se podía ignorar de un modo selecto. El hombre avanzó a lo largo de los vagones y a lo alto de sus tres plantas sin recibir una sola moneda. Pero, ¿quién llevaba monedas hoy en día? ¿Qué tipo de persona pagaba aún en rudimentarias planchas de metal?
El hambre hacía que le doliese el estómago. Nadie lo observaba ni dirigía la palabra desde hacía una semana. En un ritual cada vez más frecuente, se sentó en el suelo del vagón y lloró un poco, un sonido molesto del que la cancelación de ruido protegía los oídos de los demás pasajeros.
Del otro extremo, un pequeño bulto rosa se abrió paso entre la gente. Llevaba unas botas amarillas de colores chillones salpicadas de barro. Fuera, en la superficie, debía de estar lloviendo. La cara, limpia a diferencia de la del hombre, albergaba dos enormes ojos curiosos. A pesar del calor del vagón, el bulto rosa iba cubierto con un impermeable rosa que le tapaba casi toda la cara con una capucha.
―¿Por qué estás tan sucio?―preguntó la niña de no más de cinco años al llegar al hombre. Este se sorprendió y, durante un segundo, pensó que no era con él con quien hablaba la niña. Se retiró las lágrimas y se peinó el sucio cabello con la mano derecha, inclinándose hacia delante con las piernas cruzadas.
―No tengo un lugar donde limpiarme. Por eso estoy sucio.
―¿No tienes baño en casa?―La niña, inquisitiva, lo observaba desde el interior de la capucha. Esta le tapaba la boca y parecía que las preguntas surgían directamente de los ojos sin pestañeo.
―No tengo casa, duermo donde puedo.
El grito de un hombre rasgó el vagón y docenas de ojos se levantaron de sus pantallas. El nombre de la niña fue preguntado en voz alta, y ella contestó con un chillido “¡Estoy aquí!”. Todo el vagón miró hacia la niña. De la parte delantera vino corriendo un hombre de edad avanzada. El traje azul y la figura oronda lo distinguían como alguien con hogar y con comida.
―¿Por qué te has ido? ¿No ves que me has preocupado? ¡No sabía dónde estabas!―El padre, arrodillado junto al hombre, tenía cogida a su hija por los hombros―. No vuelvas a hacer eso nunca más, ¿vale? Has preocupado a papá.
La niña asintió en silencio pero miró al sintecho.
―Papá, es que este hombre dice que tiene hambre y nadie le estaba escuchando.
Varias miradas, incluida la del padre, dieron con la figura invisible junto a la niña. Antes de aquella revelación, aquel hombre sentado en el suelo no existía.
―Perdone, creo que su hija me ha seguido a lo largo del vagón. Le pido disculpas. ¿Tendría algo de comer?―La voz muda del sintecho quedó en silencio en el implante auditivo del hombre trajeado. Este percibió el inconveniente y desactivó su auricular.
―¿¡Le ha dicho algo a mi hija!?―la mirada del padre atravesó al sintecho, quien pareció empequeñecer en la esquina del vagón. Varias personas, curiosas, desactivaron sus respectivos auriculares para poder escuchar.
―Papá, él te ha preguntado a ti si tenías algo de comer. Tenemos mi merienda, pero no le estabas escuchando―la niña levantó su mano, de la que colgaba una pequeña tartera metálica―. Si le doy mi merienda, ya no tendrá hambre.
Tras unos segundos de analizar la situación, el padre relajó su postura, miró a su hija, cogió su tartera y la abrió. Sacó el bocadillo y la pieza de fruta y se la tendió al sintecho.
―Perdone, no había reparado en usted. Al ver a la niña aquí, pensaba que le había dicho algo... pero he sido yo quien se ha distraído.
―Mucha gente anda distraída últimamente―el hombre cogió la comida―. Muchas gracias por esto. De verdad me has ayudado. Quizá pronto pueda lavarme la cara―dijo sonriendo a la pequeña.
El sintecho despidió a la niña mientras se alejaba con el padre de la mano. Este volvió a activar su auricular, una tecnología a la que accedían todos los niños de diez años, como decía la Compañía, "por motivos de seguridad". Avanzó hacia el fondo del vagón y miró desde allí al sintecho mientras la niña se subía al asiento y dibujaba caras tristes y tarteras en la ventana.
Apagó de nuevo el filtro antispam, pensativo. El resto del vagón hacía tiempo que los había conectado de nuevo.