Publicado a 2030-08-01
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Miró preocupado el panel informativo de la pared. La cadena de números azul eléctrico le devolvía una cifra cada segundo más baja a medida que las milésimas bajaban al ritmo de su acelerada respiración. No es fácil consumir oxígeno de forma calmada cuando estás a punto de quedarte sin suministro. Un segundo cartel auxiliar indicaba la duración del cartucho a la velocidad actual de consumo. Tres días, siete horas y dos minutos. Actualización: y un minuto. Se pasó las manos por el pelo, ensuciando las lentes en el proceso con su propio sudor frío.
Cerró los ojos e intentó calmarse sin éxito. Hacía poco menos de un mes que una amiga suya se había asfixiado en su dormitorio y, si no encontraba alguna solución en pocas horas, ahora le tocaría a él. Sin créditos en la cuenta con los que pagar la suscripción y habiendo quemado todos los favores que le debían, Damián estaba jodido. Llevaba más de dos años buscando trabajo pero la recesión y la posterior automatización habían desplazado todo su sector al olvido. Ya nadie contrataba soldadores y lo más parecido, los chatarreros, estaba copado por trabajadores desplazados de su antigua profesión. El único trabajo libre era un suicidio disfrazado de nómina.
La autoridad de la estación se había llevado a los niños hacía tiempo, cuando la cuenta de oxígeno bajó de un mes. Era la política interna: si no estabas al corriente de pago, se presumía que no eras capaz de hacerte cargo de ellos y pasaban a la tutela de la administración. No era una mala idea, no habría soportado la idea de ahogarse con su familia en aquel cubículo. Tampoco podría haber salido de allí con el nivel de crédito de la cuenta. Un viaje a lugares con atmósfera mancomunada suponía una pequeña fortuna en tránsito y muchos meses de desplazamiento. Se preguntó si sobreviviría a aquella mala racha y si volvería a verlos.
Trató de despejar la mente y revisó de nuevo su agenda de contactos. Casi todos sus antiguos conocidos habían encontrado trabajo en otros sectores o se habían ido. Al menos dos de ellos se habían metido a explorar el asteroide sobre el que crecía la estación como un tumor espacial, buscando metales valiosos para la administración. Ambos habían muerto en su segundo y tercer turno respectivamente. El trabajo más peligroso de este sistema solar se pagaba con fortunas trimestrales, pero la probabilidad de perder la vida en alguno de los túneles era del ochenta por ciento en cada turno y no se admitían contratos de menor duración. Solo los más experimentados, quienes habían pasado generaciones en gremios de exploración, eran capaces de sobrevivir durante décadas. Ese era el único trabajo viable, el único que le garantizaría reponer su suscripción al oxígeno y hacer algo de caja, pero para alguien como él bien podría considerarse una sentencia de muerte.
Echó un vistazo a su cubículo. No era particularmente espacioso pero tampoco se trataba de algo pequeño. Su ataúd de tamaño mediano estaba preparado para ser habitado por dos personas, o un adulto y dos menores de edad. Era por eso que tenía algo más de espacio que alguno de sus vecinos. Si vivía y no recuperaba su nivel de oxígeno para que volviesen sus hijos en menos de un año, sería trasladado en poco tiempo a un cubículo individual, mucho más claustrofóbico. Problemas futuros con los que quizá nunca tendría la posibilidad de agobiarse. Hoy era el último día antes del cierre de los cuadrantes semanales de los exploradores, el último día para decidir si se jugaba la vida en los túneles o si prefería morir asfixiado en su cuarto.
Volvió a abrir el panel de su terminal y tecleó un par de funciones. La voz reconocible de un antiguo compañero al otro lado le dio la enhorabuena. No se iba a arrepentir de la decisión tomada. Empezaría su turno en unas horas y si todo iba bien en unos meses podría recuperar a sus hijos. Si tuviese alguna otra alternativa, ya se estaría arrepintiendo, pero no había más salidas que reptar por el asteroide. En unas horas le pondrían en un turno con otros novatos tan desesperados como él, porque ningún explorador senior le admitiría en su cuadrilla, y probablemente en una semana estaría muerto de alguna forma estúpida como el colapso de un túnel, asfixiado dentro de su traje o por alguna explosión. Casi mejor no buscar información sobre el trabajo. Programó el despertador, se retiró las gafas y cerró los ojos en un infructuoso intento por conciliar el sueño. Mañana empezaba a trabajar en los túneles por una bocanada más que respirar.
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