Publicado a 2026-07-30 --- Gwen fijó la cámara y mostró a Adrian el avance de la masa a través de la zona boscosa. Debido al ángulo de caída, los protagonistas de la escena eran árboles de copa frondosa, que vibraban al ritmo de las pisadas sobre el suelo, y pequeños destellos verde oliva se filtraban entre las hojas. El bosque era antiguo, denso y húmedo, el tipo de espacio nunca tocado por la mano del ser humano, en un estado de abandono propio de la naturaleza, tupido hasta el punto de no disponer de arbustos ni hierbas a ras de suelo, lo que permitía avanzar a la horda. —Mira, atento ahora —Gwen movió sus brazos tatuados y desplazó varias palancas. La cámara viró hacia la horizontal al tiempo en que hacía un picado y se hundía entre las copas de los árboles, mostrando hojas verdes, rugosos nudos de ramas, inmensos troncos y finalmente una polvareda marrón que se mezclaba con el vapor que caía de las copas. —Mierda, acaban de pasar, espera—Gwen jugaba con el aro de su labio mientras volvía a ajustar ambos joysticks. Era la primera vez que Adrian y ella quedaban fuera del teclado y estaba nerviosa. Estaba ilusionada con aquella cita. La imagen cambió de nuevo y empezó a perseguir el polvo, que se fue haciendo más y más opaco a medida que Gwen avanzaba. Ahora la cámara debía estar situada a unos siete metros de altura, justo a la mitad de la distancia entre la copa baja de aquellas acacias deformadas y gigantescas y la superficie árida. La polvareda se acercaba rápidamente y desde donde observaban ya se podían ver algunas figuras corpulentas, un carro de madera hecho con troncos y los tejidos rojos característicos de esta comunidad. Adrian no quitaba los ojos de la pantalla, observándola con la atención de quien quiere captar todo lo que ocurre tras ella. Estaba sentado a pocos palmos de Gwen, quien mantenía firmes unos controles consistentes en dos varillas verticales clavadas a sendas semiesferas. Ella hacía movimientos ligeros de empuje y rotación de las varillas al tiempo que la imagen se definía. Miembros, melenas, el dibujo de un estandarte con signos oscuros. Una vez hubo alcanzado a los últimos integrantes de la horda, Gwen ajustó los mandos para perseguirlos justo a su lado, observando sus rostros de perfil. Piel parda y rugosa, cuatro caninos hiperdesarrollados escapando de unos labios duros, ojos de color ámbar hundidos en el rostro, nariz prominente. Los adornos de las trenzas, los colgantes y los pendientes saltaban con cada pisada sobre el suelo, y el polvo se fundía con las exhalaciones. —Mira, escucha, vas a flipar con eso. Gira esa rueda—Gwen hizo un ademán con la cabeza—. No, a su derecha. Esa. Poco a poco, no de golpe. A medida que Adrian giraba más y más el disco, la sala se llenaba con el sonido volumétrico de las respiraciones de la horda, las pisadas sobre el terreno árido y los golpes de las ruedas de las carretas sobre el polvo. Estas estructuras de ruedas de madera y metal tenían el tamaño de un gigantesco camión y estaban construidas con troncos apenas tratados sobre los que aún asomaban algunas ramas. Estaban unidos entre sí con lo que parecían sogas de algún tipo de liana, anillos metálicos y tejidos carmesí de un tono no muy diferente al que Gwen usaba para cubrirse el cuello. En su interior viajaban los elementos más vulnerables de la horda, algunas criaturas acompañadas de hembras embarazadas y un par de ancianos. Gwen hizo un barrido completo y Adrian contó más de catorce de estos vehículos. Algunos carros eran empujados desde detrás y los laterales por los orcos más grandes, que corrían junto al vehículo con uno o dos brazos apoyados sobre él. No parecía una forma eficiente de moverse. Otros carros contaban con un tiro de una docena de estos animales tirando de sogas o portando yugos. La escena era impresionante, y el sonido aportaba un nivel de realismo que escapaba del enorme rectángulo horizontal al que ambos miraban hipnotizados. —¿Cuántos hay ahí? —Este clan tiene 304 individuos, es uno de los más grandes. Han agotado el terreno de caza y van a desplazarse varios miles de kilómetros, casi todo el tiempo a la carrera —de tanto en tanto, Gwen hacía un zoom a una rueda, un estandarte o alguno de los tejidos rojos que cubrían cuerpos y carretas. —¿Y qué pasa si se encuentran a otro grupo? —Adrian giró la cabeza hacia Gwen— ¿Lucharán o intercambiarán ADN digital? Ella se ruborizó ante la insinuación. Nunca había traído a nadie al laboratorio, pero Adrian era la cita más curiosa que jamás había tenido. Habían chateado durante meses y él se había interesado por su trabajo mucho más que ninguna de sus amistades. La había interrogado durante noches completas. —Pelearán solo si es imprescindible, listo. Pero sí, a veces hay intercambios entre clanes durante estos encuentros. A pesar de su brutalidad física y la rudeza de sus modos, son criaturas bastante pacíficas. Guardamos un registro de los fallecimientos durante la simulación estable fuera del entrenamiento a alta velocidad, y hemos registrado muy pocas batallas. —¿Y eso cómo lo sabéis? —Durante las batallas mueren un montón en combate en una misma ubicación. Eso indica que ha habido un evento como un incendio, un terremoto o una batalla. Una vez que tenemos la ubicación y la marca temporal podemos postrenderizar las escenas, que solo se almacenan vectorizadas a baja resolución, así que tampoco se puede decir que tengan una altísima fiabilidad. Dos postrenderizados de la misma marca pueden dar escenas ligeramente diferentes, aunque eso no cambia ninguno de los hechos simulados. La horda bajó rápidamente el ritmo a medida que se aproximaba a un claro inmenso en mitad del bosque de acacias. Gwen abrió la visual para observar la escena desde arriba y Adrian prestó atención a la organización de aquellos seres. Los orcos empujaron los carros hacia el centro del claro y de ellos descendieron casi todas las criaturas. Como si de un pequeño ejército se tratase, todos parecían saber qué tenían que hacer. Algunos grupos empezaron a sacar gigantescas telas gruesas, duras y rojas y tenderlas sobre el terreno. Otros cogían hachas de algún tipo de metal y caminaban hacia las arboledas perimetrales, golpeando con fuerza los árboles más finos. En pocos minutos habían derribado más de una docena de ejemplares y un segundo ejército de infantes partían ramas del tamaño de humanos, que luego arrastraban hasta distintos puntos del campamento. Daba la impresión de que un batallón de zapadores había recibido instrucción de levantar tiendas. Varios corrillos encendieron casi simultáneamente tres grandes fuegos en varios puntos del campamento y un par de docenas de criaturas se internaron de nuevo en el bosque. —Han encendido hogueras porque por la noche la temperatura es glaciar. Esos de ahí van a cazar, el resto construirá el campamento con las telas de tiendas que han traído y se dedicarán a tejer o cocinar. Si te fijas, este campamento es temporal, se irán en unos pocos días porque no hay menas de mineral que poder fundir —Gwen había puesto la cámara en modo dron y el campamento giraba a menos de una revolución por minuto—. Cuando encuentran una mena expuesta, arrancan pedazos y crean enormes fundiciones con madera, pasto y barro. Es impresionante, y destaca que dejan algunas herramientas de excavación junto a la mina a cielo abierto. —¿Por qué no se las llevan? —Son materiales que pesan bastante, requiere energía desplazarlos, pero además hemos detectado un componente social. Graban marcas en las herramientas a medida que las usan, y hemos comprobado que clanes que han usado herramientas de otro clan nunca entran en conflicto. Es una especie de código social de algún tipo, se ayudan mutuamente dejando restos que otros pueden usar en migraciones posteriores. —Pero nada de eso ha sido programado, ¿no? —Adrian levantó una ceja y leyó la expresión divertida en el rostro de Gwen. —Nada se programa aquí. Partimos de universos planos con compuestos orgánicos básicos y los aceleramos a varios millones de años por hora en el entrenador. A medida que van apareciendo formas de vida más complejas vamos reduciendo la velocidad. Y si detectamos elementos como uso de herramientas, lenguaje, construcciones o formas de sociabilidad compleja, prácticamente equilibramos su tiempo al nuestro, más o menos desde cien horas por hora a tiempo real. Esta simulación que vemos ahora avanza a ciento diez segundos por cada cien segundos, está ligeramente acelerada. Pero ellos no son conscientes de nada, para ellos el tiempo... —Conscientes —interrumpió. —Usamos simuladores de sinapsis a medida que se detecta crecimiento neuronal, desde el más básico hace miles de millones de años hasta el que tienen aquí nuestros amigos verdes. De hecho, es curioso porque la topología de su psique es prácticamente idéntica al calco digital del protocolo universal del Decreto Zero y del estándar DZ+. —¿Dices que estos animales son compatibles con los universos de personas? —Los ojos de Adrian estaban fijos en los de ella, y cualquier magia previa de la cita se había difuminado completamente. Gwen se tensó y se llevó la mano derecha de forma instintiva al colgante que imitaba la garra de un animal. Era la primera vez en meses que chocaba con Adrian en una perspectiva tan fundamental como aquella. Hasta ahora mismo, Adrian nunca había manifestado ese tipo de pensamiento contra los simulados. —Lo que digo es que estos seres son personas, y que no solo son compatibles con la regulación de integración de mundos sino que además tienen parámetros de integración que permitirían su entrada en el... La velocidad de Adrian fue muy superior a cualquier posible respuesta de Gwen, quien apenas pudo reaccionar más allá de mostrar pánico. Con un movimiento fluido de una fracción de segundo, Adrian se levantó, abrazó la cabeza de la joven y la retorció deformando su cuello. El chasquido quedó oculto por los hachazos de los orcos de la simulación contra los árboles. Ellos seguían trabajando ajenos al hecho de que su creadora acababa de morir. El cadáver cayó en el suelo técnico con un impacto sordo. Él empujó el cuerpo para hacerse sitio y se sentó a los mandos. Con una mueca, observó a las criaturas construir en el claro. No iba a dejar bajo ningún concepto que ese tipo de seres entrase en manada en la red ni tuviese contacto con otros universos. Cerró la visual de la simulación y accedió al directorio de universos. El laboratorio estaba simulando más de cincuenta, ninguno de ellos partiendo de un escenario humano. Seleccionó el primero y buscó la forma de suprimirlo. «SE REQUIERE AUTORIZACIÓN» Se arrodilló junto al cadáver de su cita y le arrancó la tarjeta de empleada que colgaba junto al falso colmillo. Supo que no se había equivocado con Gwen desde que intercambiaron las primeras conversaciones en el foro en el que Adrian llevaba años cazando extremistas. Pasó la tarjeta por la rendija, tecleó la palabra "ELIMINAR" y autorizó el borrado completo de los datos. Le llevaría unas cuantas horas destruir los datos locales y remotos, luego incendiaría aquel lugar repleto de bárbaros sintéticos. --- [[Cuando los programas tengan derechos (serie)]] --- [[Todos los relatos]]