Publicado a 2027-07-28
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El traqueteo del metro siempre me ha ayudado a pensar, focalizarme y despejar la mente para afrontar los desafíos del día a día. Recostado en el asiento y con los pies sobre el que tengo enfrente, me calo el sombrero hasta perder la visual a pesar de que dentro del vagón no cae agua y enciendo el cigarro de liar ignorando a la pareja que tengo a pocos metros de distancia. Por la forma en la que sus hormonas condicionan sus actos, no parece que les vaya a importar que llene el vagón de cáncer respirable. A pesar de sus intentos por librar a la humanidad del lento suicidio del humo, la Pauta aún no ha conseguido que dejemos de fumar. Mi muñeca vibra con fuerza. No necesito remangarme la gabardina para visualizar el mensaje que me envía al gadget en el que ya no miramos las horas. Un mensaje brillante parpadea en rojo con letras blancas «FUMAR ES MALO PARA TU SALUD, TE RECOMIENDO QUE LO DEJES». Ignoro el texto mientras suelto una calada junto a los sensores del reloj. Nadie va a decirme cómo me voy a matar, especialmente no hoy. Especialmente no el día en que las predicciones no se cumplen.
El tren sale del túnel y muestra la oscuridad de una ciudad que duerme plácida en sus comportamientos predecibles. Ya nadie contrata detectives porque apenas hay nada que detectar. De vez en cuando se pierde algún objeto, alguien se pierde una Pauta o un comportamiento pasional como un asesinato obliga al sistema de recalcular todos los futuros de proximidad, pero incluso esos actos violentos apenas suponen una arruga en la toma de decisiones, un ligero bache en el sistema. Desde hace años, mi trabajo ha consistido en alimentar el pensamiento de la Pauta con datos actualizados de un mundo real que cada vez entiende mejor, perdiendo autonomía año a año, mes a mes. Me duele la cabeza y no puedo sino preguntarme si en el pasado los problemas punzaban de ese modo en el cerebro. Debería saberlo, pero la Pauta ha destrozado mi memoria y no alcanzo a recordar un momento temporal en el cual las personas tuvimos libertad para imaginar lo que harían a continuación.
Me pregunto si el sistema les ha dicho a esos dos que se diesen el lote, o simplemente lo habría previsto en sus cálculos y les había guiado hasta este vagón apestoso donde se magrearían con un ímpetu juvenil que también he olvidado. ¿Les aconsejará acostarse, tener hijos, formar una familia, firmar una hipoteca, quedarse calvos? ¿Es su amor nocturno uno de los fallos de predicción que afectan estos días a la ciudad? Una vez fui como ellos. Joven, vivo y lleno de futuro, pero la Pauta tiene un plan para cada persona y el mío pasaba por vigilar que todo se cumpliese tal y como iba a ser imaginado por la silicona. No, en realidad no soy como ellos. Nos hemos criado en universos diferentes aunque yo me haya esforzado por ignorarlo. Cuando yo era joven nadie me decía qué hacer, cuándo hacerlo o cómo. Quizá por eso me abandonó mi mujer, porque éramos demasiado jóvenes y la Pauta no había recibido aún suficiente entrenamiento. Los dos cachorros que me acompañaban en el vagón habían nacido en un mundo en el que la imaginación infantil quedaba sepultada por las instrucciones de la Pauta. El letrero del vagón avisó que llegaríamos a la Estación Central en dos minutos. Mi corazón se encogió. Íbamos siete minutos por detrás del horario establecido, las imprecisiones seguían acumulándose y la Pauta era incapaz de corregir el error sistémico que se propagaba por sus cálculos.
En principio, el trabajo iba a ser sencillo. Hacía unos días se había detectado una perturbación leve en la Pauta de una profesora de primaria, que me contó preocupada cómo su reloj se había equivocado al solicitarle que saliese de casa con paraguas a pesar de no haber una sola nube sobre el cielo. Tardé más de una hora en calmarla, señalando que si la Pauta le había dicho que se llevase hoy el paraguas no necesariamente tendría que ver con la lluvia. El sistema obra de formas misteriosas y trata de corregir desviaciones mediante sugerencias aparentemente extrañas. Junto a la profesora, abrí el acceso al historial de la Pauta y cotejé las instrucciones del resto de personas con las que se había encontrado. Ahí estaba, otros dos futuros no cumplidos. En el camino al trabajo, un camarero había recibido en su muñeca «ACOMPAÑA A LA MUJER DEL PARAGUAS» y una trabajadora social había recibido «CUANDO TE CRUCES CON LA MUJER DEL PARAGUAS, ESPERA CINCO MINUTOS PARA SEGUIR TU CAMINO». Las líneas estaban marcadas en rojo brillante, y a lo largo de aquel día varias docenas más de líneas parpadeaban carmesí en mi pantalla. La ciudad intentaba volver a la senda trazada.
Visto en retrospectiva, era evidente que no iba a ser un caso tan sencillo. La mayoría de los futuros imaginados no realizados se resolvían mediante una instrucción más de la Pauta, pero esta parecía dar palos de ciego en una realidad que se le escapaba de las manos. ¿Estaba roto el sistema de toma de decisiones de la civilización moderna? La cascada de acontecimientos imprevistos no hacía más que multiplicarse por todas partes. Aquel primer día recibió otros seis encargos, cinco de los cuales guardaban relación con la no presencia del paraguas y el no acompañamiento a la mujer. Algo había ocurrido el día previo, pero ese algo esquivaba mis pesquisas. Pero el segundo día fue mucho peor. Apenas me despertaba en el sofá de mi despacho al trasnochar investigando, cuando más de cien encargos parpadeaban en mi terminal. Una ojeada rápida de varios de ellos al azar apuntaban a varios eventos no cumplidos de aquella misma madrugada, varios de ellos relacionados con el día anterior. Aquello se estaba propagando, pero había más de un foco. Algo estaba lanzando piedras a un estanque por el que se propagaban ondas cada vez más violentas. Lo que sea que no pasase el día antes de admitir el primer encargo seguía sin pasar. Y cada vez ocurrían más y más eventos no programados.
Aquel segundo día, el caso aún no había llegado a la prensa pero sin duda estaría llamando a las puertas de varias redacciones con eventos inconexos. Y sin duda a final de semana explotaría en primera plana. El sistema de coordinación de la Pauta nos había convocado a media docena de detectives en una de las salas bajo el ayuntamiento para que compartiésemos nuestras respectivas investigaciones. Mi caso del paraguas no era el único que se había dado ayer. Varias conversaciones no programadas que hicieron que algunas personas llegasen tarde a citas posteriores, la rotura de las farolas de una calle que forzaron a un par de personas a moverse por otra acera y el bloqueo inesperado de siete cruces de la ciudad estaban causando estragos en las programaciones de miles de ciudadanos. Alguien estaba jugando con la ciudad. En la sala había un investigador demasiado joven para este trabajo, algo que demostró vomitando sobre una de las papeleras, un acto de nuevo no programado que afectaría al futuro de algún trabajador de la limpieza aquella misma tarde. En la programación de la Pauta, reunir personas para trabajar juntas era una idea genial, pero aquel encuentro empezó mal y terminó peor. Varios de los detectives estaban convencidos de que la Pauta tenía un problema de programación fundamental, otros tres señalaban que funcionaba bien pero fallaban las entradas de datos, y uno estaba obsesionado con una conspiración gubernamental. Los únicos que escuchamos todos aquellos disparates sin hablar fue el del vómito y yo. Aquello era una estupidez.
Era evidente que teníamos uno o varios agentes libres, radicales sueltos que no estaban leyendo su Pauta y estaban con ello afectando al resto de las programaciones diarias. Alguien estaba ignorando su futuro de forma intencional o no, y esto estaba afectando a todos los demás. Se había dado un caso similar hacía unos años. Un tipo había decidido ignorar su pauta haciéndole caso solo la mitad de las veces, lanzando una moneda al aire cada vez que un mensaje brillaba en su muñeca, y haciendo justo lo opuesto que la Pauta indicaba la otra mitad de las veces. Se pasó casi una semana dando tumbos por la ciudad hasta que las investigaciones dieron sus frutos y pudieron ingresarle en un hospital psiquiátrico. ¿Quién en su sano juicio jugaría así con el futuro de la gente? ¿Qué tipo de perturbado mental causaría tanta desviación de la Pauta?
El metro llegó a la Estación Central, donde a pesar de las horas una pequeña multitud alborotada trataba de subirse al que sería el último tren de la noche. El tren que llegaba tarde porque al conductor le habían distraído unas horas antes. Varios cientos de personas inundaron el vagón como un río de rostros preocupados contra el que conseguí nadar para escapar de la lata de metal y madera que yo mismo había contribuido a ahumar. Mis pistas me habían llevado hasta este punto específico de la ciudad, uno de los corazones que bombeaban personas a ritmos constantes hacia extremidades que estaban empezando a coagularse. Hoy la mitad de la ciudad había llegado tarde a sus citas, y la Pauta era incapaz de corregir la desviación. Por la mañana, la ciudad habría colapsado si no localizaba el origen. Pero, ¿cómo se busca la causa del fallo sistémico cuando la mitad de la ciudadanía estaba recibiendo Pautas que parecían arbitrarias y absurdas?
Subí a las escalinatas y me quedé observando el trasiego de personas que avanzaban de un lado a otro de la estación. La preocupación y el nerviosismo eran palpables desde ahí arriba. La ciudad estaba preocupada, y yo también. También estaba mentalmente agotado. Apenas tres días después de iniciarse las alteraciones, toda la urbe estaba a punto de hundirse bajo el peso de decisiones cuyo origen nadie conseguía rastrear. Había rumores del cierre de la Pauta. Me inundó una sensación de vértigo y me uní en el pánico generalizado. A pesar de mantener la fachada de serenidad, tuve que agarrarme a la barandilla de piedra para estabilizarme. En aquella estación había algo que hacía justo lo contrario. Estaba desestabilizando los ritmos de la ciudad y poniendo en juego un sistema de creencias que había garantizado la paz durante más de tres décadas: que las máquinas podrían tomar nuestras decisiones mejor que nosotros mimos. Ahora, todo eso estaba a punto de irse a la mierda.
—Parece preocupado —comentó una voz calmada a mi lado. No sé cómo no me había dado cuenta de su presencia. ¿Había llegado ahí antes que yo? A mi lado, una mujer mayor observaba la estación con una mirada aguda, analizando el vaivén de la ciudadanía con ojos grises, casi blancos. A pesar de su edad, conservaba un porte firme, y el abrigo largo y rojo encumbrado con una bufanda naranja hacía imposible no prestarla atención. Mantenía las manos dentro de los bolsillos y no había retirado la vista de la estación a pesar de que me hablaba a mí. Una voz áspera me relajó como si del mejor medicamento se tratase—. No se preocupe, detective. Váyase a casa y duerma, se lo merece. Parece agotado y necesita descansar. Mañana habrá terminado todo.