Publicado a 2026-07-18
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Lindsey se quedó mirando el mensaje en la pantalla durante unos minutos, tal y como había hecho en repetidas ocasiones al día durante las últimas semanas. El anuncio, que hacía poco había pasado de naranja brillante a un rojo imposible de ignorar, informaba de que se estaba quedando sin espacio físico y que debía tomar decisiones de inmediato. Si no lo hacía, el sistema las tomaría por ella, y entonces volvería a pasar lo de Fran.
Desvió la vista de la pantalla para observar el panel acolchado de corcho de su cuarto. Repleto de fotos, cartas y otros recuerdos almacenados en vertical, centró la atención en el joven de pelo rubio ondulado, los hombros caídos y barba de tres días que sonreía con ojos azules mientras contemplaba a una joven Lindsey, que aún llevaba aparato dental. Se pasó la lengua por los dientes, aparentemente mejor colocados que en aquella instantánea fechada casi dos décadas atrás. Había olvidado por completo lo que supuso colocarse los brackets. Trató de rememorar la presión en la boca, el alivio de retirarse las gomas, la dificultad para comer según qué alimentos, pero fue incapaz.
En algún momento debió sentir todas aquellas sensaciones, de la misma forma en que debió sentir el beso que Fran le dio en la siguiente fotografía del fotomatón y la caricia que le dedicó en la tercera. Se les veía alegres, brutalmente jóvenes y fastidiosamente felices. Se tocó las incipientes patas de gallo, acercándose a la fotografía de mala calidad en la que o bien estas no eran visibles o aún no habían sido cultivadas con sonrisas que dejan marcas en la cara. Sonrisas que ya no recordaba. Prestó atención a sus respectivas caras, reconociéndose a sí misma a la izquierda, identificando a Fran exclusivamente por el nombre que acompañaba la vertical de fotografías.
"Lindsey <3 Fran 17-08-2068"
Si se encontraba algún día con él por la calle, lo reconocería por aquellas fotografías, pero no por el momento o los momentos que vivieron juntos. Tenía muchas más fotografías de la misma persona en diferentes momentos de la vida, tanto a solas como rodeada de otra gente, alguna de la cual todavía formaba parte de su vida y sus recuerdos. En algunas parecían pareja, en otras simples amigos o conocidos. Pero si preguntaba a sus amigas por él, probablemente pudiesen responder lo poco que contaban las instantáneas de aquel entonces, las anotaciones en diarios y algunos vídeos inconexos que prometían conservar el recuerdo de un amor que ya no pertenecía a Lindsey. Se preguntó si Fran había decidido recordarla a ella, o si ambos habían creado nuevos recuerdos que consideraban más relevantes.
Quizá Fran disponía de crédito ilimitado y si le veía caminando por la calle vendría a saludarle, o quizá acabaron mal y, acordándose de ella, le dedicaría una mirada fulminante con el rencor que sentencia la memoria. Lo cierto es que apenas disponía de fragmentos suficientes para estar segura de cómo terminó aquello, aunque sí se había quedado con el día en que se conocieron, o al menos con alguna imagen y sensación de la bolera, el ruido, la gente, el olor, y observando la fotografía y la falta de sensaciones despertadas, Lindsey se preguntaba si merecía la pena seguir almacenando aquel encuentro alienante que ya no le pertenecía. Ahora que necesitaba hacer espacio, ¿no sería mejor cortar de raíz con esos recuerdos residuales de personas con las que ya no compartía? ¿No sería mejor deshacerse de personas que apenas era capaz de ubicar?
Fijó de nuevo los ojos a la pantalla y cerró la ventana emergente. A pesar de ese movimiento, la esquina superior derecha de la nueva vista mantuvo una línea roja horizontal pulsante con las mismas fatídicas palabras que unos segundos antes habían ocupado el centro del monitor. «Límite de espacio alcanzado. Acción necesaria». Fijó la mirada en el icono de su neocórtex y el monitor reconoció la orden, sincronizando de nuevo con su memoria de silicio y desplegando varias columnas aparentemente infinitas de recuerdos de su vida. Lo había comprobado múltiples veces, si se concentraba en la parte inferior de la pantalla, el desplazamiento alcanzaría velocidad de unos pocos días por segundo, luego semanas, meses y finalmente los años se escurrirían y desaparecerían por el borde superior.
Hizo el ejercicio y retrocedió a su primer recuerdo en apenas treinta segundos. Treinta segundos para un viaje de cuarenta años. Eligió el primero de ellos y se desplegó una imagen dual muda en su monitor mientras el neocórtex recuperaba íntegro y sonoro el recuerdo con una opacidad del ochenta por ciento sobre su vista actual. La proyección mostró la imagen de la mesa de un comedor rodeada de rostros infantiles y coronada por una tarta de cumpleaños en la que se leía "Feliz cumpleaños, Lindsey" y el número ocho era rápidamente engullido por el pequeño fuego anclado a la mecha. Los niños gritaban y la madre de Lindsey la animaba a soplar rápido la vela, antes de que el plástico fundido contaminase la tarta. Había un par de adultos desconocidos en la habitación y uno de ellos sujetaba una cámara de vídeo. La tarta ocupó un espacio mucho más grande de la visión y un soplido erradicó la combustión con un aplauso y más gritos. La imagen, de menor calidad que cuando fue almacenada por primera vez, se cortó abruptamente. ¿Habría forma de recuperar aquella segunda grabación no visual?
Había repasado las opciones de su cuenta y ya no era posible bajar más la calidad de sus recuerdos, al menos no de forma legal, si quería que fuesen reconocibles. Había métodos para una compresión más efectiva, pero requerían un nivel de hackeo de alto riesgo para quien se aventuraba a acudir a profesionales fuera del sistema. Por algún motivo, Lindsey aún conservaba la memoria de la noticia de la granja de recuerdos que dejó a todas aquellas personas convertidas en vegetales. Abrió el navegador y buscó de nuevo la noticia y noticias relacionadas. El número de casos había aumentado de forma considerable durante los últimos años, fruto sin lugar a dudas de la desesperación de quienes no podían abonar una cuota que les permitiese recordar a sus padres, sus amores, sus hijos.
La mayoría de los conocidos de Lindsey apenas almacenaban recuerdos en vídeo por el enorme volumen que ocupaban, no digamos ya las sensaciones, y habían configurado su sistema para una purga nocturna que apenas apuntalaba algunas de las sensaciones vividas durante las últimas veinticuatro horas. La prohibición de almacenar recuerdos en los contaminantes centros de datos derivadas de la meta noventa y dos de los Nuevos Objetivos del Siglo habían obligado al almacenamiento hiper-local. Si se disponía de dinero suficiente, era posible respaldar una copia doméstica más amplia, pero había que hacerse cargo del coste ambiental y la huella de los recuerdos a menudo duplicaba el resto del consumo energético doméstico.
Lindsey no conocía a nadie que no se viese obligada a borrar algo importante cada pocos años, una decisión dura hasta que era ejecutada con la frialdad de los programas de silicio, pero que aportaba una sensación de calma y tranquilidad casi adictiva una vez se llevaba a cabo. El dolor de la pérdida era ocupado por una sensación de vacío y desamparo cuando el recuerdo había sido borrado por completo, en cierta medida desconcierto cuando la mente dejaba de comprender por qué estar triste, y finalmente una sensación artificial de calma. Nadie llora por no recordar a la abuela que nunca llegó a conocer, de la que no hay registros ni emociones almacenadas. Nadie llora por los Fran de la vida. No al menos una vez los ha triturado digitalmente. Pero las semanas y días previos al borrado se habían convertido en una tortura y tabú sociales. Nadie quería convertirse en parte de la vida olvidada de los otros, al menos entre quienes habían decidido formar parte de la sociedad moderna y no se habían aislado en sucias comunidades de luditas: aún así, todo el mundo comprendía que llegado el caso habría recuerdos más importantes que ellos mismos.
Regresó al panel principal y solicitó al sistema ordenar los recuerdos de mayor a menor volumen ocupado. Conocía perfectamente la distribución antes incluso de que apareciese en pantalla. Segmentos de aquel fin de semana con las amigas de la universidad, recuerdos destacados con su última pareja, la agrupación de momentos con su madre, el recopilatorio de risas con sus amigas. A medida que bajaba por el panel los recuerdos eran significativamente menos importantes pero el volumen que ocupaba cada uno era infinitamente menor. Podía borrar un par de recuerdos clave o cientos de pequeños recuerdos que, si bien era cierto no se habían convertido en pilares de su personalidad, sin lugar a dudas habían llegado a definirla como persona.
A veces ocurría que alguien cercano borraba tanto para hacer espacio que cambiaba completamente su comportamiento. «Somos la media de nuestros recuerdos», había señalado aquella neurocientífica tan famosa cuyo rostro no parecía ser tan importante como el sonido de su voz. Seguro que ella podía permitirse el lujo de no olvidar. El noventa y nueve por ciento estábamos obligados a mutilarnos personalmente, cambiar en el proceso y, en ocasiones, provocar un pequeño terremoto social de apatía. Lindsey se había guardado aquella sensación y recuerdos en un lugar especial, bloqueados con contraseña para evitar el borrado impulsivo. Hacía ahora quince años, su amigo Brian, con quien había compartido por aquel entonces media vida, había decidido que las amistades eran menos relevantes que su tercer hijo, y de un día para otro erradicó en su memoria todo recuerdo del grupo de amistades. Se salió de inmediato de los grupos de chat y cortó relaciones en redes sociales porque, ¿qué sentido tiene atarse a una persona a la que has decidido olvidar? Esta decisión personal hizo que varias personas del mismo grupo replicasen su comportamiento en mayor o menor grado, y el grupo quedó fragmentado por completo. Lindsey, Maby y John habían formado una nueva isla social, y había otras tres más pululando por ahí. Que supiese, solo ella recordaba a todos los integrantes de aquel grupo. ¿Había llegado el momento de abandonar aquella experiencia de ruptura social, o vivir aquello la hacía ser un poco más sabia, menos ignorante?
Trató de ponderar por enésima vez los diferentes recuerdos y de ordenarlos de más relevantes a menos relevantes, una labor que sabía imposible. Y dentro de pocos años tendría que volver a hacer el ejercicio a menos que su situación económica cambiase, algo que no tenía visos de ocurrir. El futuro de la gente se había definido en parte por el pasado conservado, y Lindsey apenas recordaba conocimiento de su periodo formativo. John bromeaba diciendo que se habían convertido en parias al negarse las posibilidades laborales que vendrían de conservar según qué memorias clave para desarrollarse profesionalmente, mientras que Maby se estaba radicalizando desde hacía tiempo y había empezado a hablar de retirarse el implante de memoria, 'restaurarse' como decían aquellos locos. ¿Era aquella una pieza de información importante? ¿Era siquiera cierta? ¿Podía prescindir de ese pedazo de conocimiento o le ayudaría a tomar mejores decisiones en el futuro?
Agotada mentalmente, Lindsey apagó la pantalla y cerró los ojos, aunque en su mente aún veía el enfermizo panel de recuerdos. ¿Cuántos recuerdos habría borrado previamente estos años? ¿Cómo de grande había sido la relación anterior, la hacían justicia los recuerdos conservados o hubo más? ¿De verdad recordaba a todos los amigos de aquel grupo o ya había purgado a alguno de ellos? La única forma de verificar esa información era leer su diario digital, en un abundante texto plano que no ocupaba espacio alguno. Pero ya hacía tiempo que nadie escribía porque era demasiado confuso releer momentos que jamás iban a recuperar. ¿Qué sentido tenía plasmar una realidad que, en la práctica, nadie había vivido?
Se levantó de la silla y estiró completamente, levantando los brazos hasta casi tocar el ventilador apagado y colocando luego los puños tras los omóplatos para hacer crujir la espalda con fuerza. Cómo destrozarse las articulaciones era un recuerdo que jamás querría olvidar, era demasiado útil, a diferencia de sus restaurantes favoritos que siempre podría redescubrir. Esta misma semana se había ilusionado, probablemente por cuarta o quinta vez, por la receta de pisto del restaurante bajo su casa. Sabía que había ido más veces porque la dueña le saludó por su nombre con un cariño que Lindsey no pudo corresponder. Incapaz de mantener el farol, se sentó a la mesa, y la dueña fingió no reparar en que tendría que volvérsela a ganar como cliente.
Se dirigió hacia la salida, cogió las llaves, salió a la escalera y finalmente a la calle. Recordaba el trazado pero no los detalles. Nadie almacena bajar unas escaleras, eso habría sido estúpido, aunque sí sabía perfectamente cuál era la distribución y la de la calle. Se dirigió hacia el parque ubicado a pocas decenas de metros. Estaba segura de que en él había vivido momentos presuntamente inolvidables de los que luego había decidido, siempre forzosamente, relegar al olvido. Un señor con su perro, una mujer empujando un carrito y un repartidor hacían el camino opuesto. No recibió saludos de ninguno de ellos, si les había conocido todos habían decidido olvidarse. Había cierto encanto en coincidir con quienes se habían borrado mutuamente, una situación rara vez reconocible que implicaba casi siempre una tercera persona o una prueba dura como una foto.
Entró al parque y se dirigió a 'su' banco. Solo conservaba recuerdos de tranquilidad de aquel lugar, nada de vídeo, imágenes o personas. Solo un recuerdo de calma. La invadió una sensación de paz mental nada más ver aquel lugar y se preguntó cómo de consciente había sido la decisión de bajar a este espacio que su mente consideraba seguro, cuántas veces había venido a observar la fuente y cuántas veces había sentido el consuelo de la sombra de los árboles sobre la tierra.
Abrió mentalmente el panel de recuerdos masivos y seleccionó de forma decidida pero en piloto automático media docena de ellos. Pensó en la contraseña de forma consciente y abrió tres puertas mentales con la palabra «ACEPTAR» rotulada en ellas. Durante unos segundos la invadió el vértigo y una sensación de angustia que dio paso al vacío y luego la calma. La fuente expulsaba agua fresca hacia arriba de forma tal que algunas de las microgotas eran desplazadas por el viento hasta su posición. Los rayos de sol se colaban de tanto en tanto por entre las hojas. Aquel era un lugar muy bonito.
Activó la grabadora, este era un momento de paz mental que merecía la pena conservar. Al otro lado del claro, un señor rodeaba la fuente acompañando al perro que tiraba de él. A medida que se acercaba, las facciones se matizaban. El pelo rubio ondulado le caía sobre los hombros desgarbados mientras los mechones luchaban por anclarse a un cráneo con cada vez más entradas pero que albergaban dos ojos azules despiertos que clavaron la mirada en Lindsey. Entre la barba de varios días se dibujó una sonrisa educada que se sumó al confort de aquel momento.