Publicado a 2026-07-14
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Este es mi hogar ahora. Supongo que negar que tuvimos otra forma de habitar fue la única manera que encontramos para seguir adelante. Acompañados por nuevas soluciones tecnológicas que recibimos con los brazos abiertos, los cambios se sucedieron de forma tan gradual que resultaron prácticamente invisibles. Me acuerdo de la moda de las mascarillas y la customización de los filtros para salir a la calle, de los vídeos graciosos y los chistes que mostraban rostros oscurecidos a la altura de los ojos y pálidas narices y barbillas. Lo que durante un par de años fue un meme pronto se convirtió en un imperativo social. ¿De verdad ibas a caminar por la calle sin mascarilla? ¿En serio ibas a ser tan mal padre como para no comprarle a su hijo aquella que mejor se adaptaba a su rostro?
Le siguieron los filtros domésticos y los sistemas de climatización que incorporaban mecanismos ultravioleta para eliminar impurezas del aire. «_Protege la vida de las personas que más quieres_» rezaba un cartel luminoso en la plaza del barrio. Recuerdo perfectamente aquel anuncio, con colores azules tranquilos que surgían del aparato de aire y el zoom a las impurezas siendo destruidas por el sistema UV. Lo que en su momento resultó ser una excentricidad que prometía ser pasajera se adoptó con rapidez y se convirtió en la norma. Había que ser un completo imbécil para no proteger a tu familia dentro de tu propio hogar, dentro de tu propio vehículo. Aunque con la crisis energética estos últimos duraron poco. Si había que elegir entre propulsarse por la ciudad en cabinas de metal o respirar, por lo que sea, la gente elegía respirar. Rememoro el brillo luminoso de aquel cartel desde el centro de la plaza que en su momento albergase vida y juego. Hoy el cartel está en un estado de deterioro avanzado. Hace años que las pantallas no emiten nada, el cableado ha sido canibalizado y todos los módulos led han sido robados. Apenas queda un armazón de metal y plástico. Aunque tampoco podría verse demasiado a través de la neblina de la superficie. Los esqueletos fosilizados de los árboles y arbustos, hoy estatuas raquíticas clamando al cielo por un poco de luz y agua, eran lo único visible en el entorno. Pero siempre había algo que extraer de la decadencia, algo que fagocitar si uno sabía dónde mirar. Bien tallado, el tocón endurecido del último árbol muerto podía ser convertido en docenas de palillos de fideos de hongos.
Miro mi muñeca y busco la aguja. No sé cuántos minutos he gastado en cortar el pequeño tocón, pero la bombona ha bajado a la mitad. ¿En qué momento empezamos a contar el tiempo en bocanadas de oxígeno? Probablemente cuando el aire se volvió tan denso que la luz de agosto apenas tocaba la superficie, cuando la penumbra perpetua cubrió nuestras ciudades. Pero mucho antes llegaron los cerramientos de las urbanizaciones. Supongo que fue el siguiente paso lógico, pienso mientras cargo el tocón en lo alto del carrito y lo empujo a través de la suciedad de la plaza. Debajo de esta capa de sustrato muerto y contaminación estoy seguro de que había adoquines rojos y blancos, pero hace años que se cubrieron de gris moribundo.
Primero fueron las mascarillas convencionales, luego el cerramiento de los hogares y el sellado de ventanas y puertas, la nueva y mejorada entrada doméstica que retiraba el aire de la calle y lo cambiaba por uno más puro. Me acuerdo de la expresión de la cara del vecino de arriba cuando instalé mi acceso doméstico, el primero del portal, una cabina con dos puertas que hacía de esclusa de seguridad para proteger a mi familia. No llegó al año y la mitad de los vecinos de la finca se habían comprado una similar. La tecnología en filtros avanzó más que ninguna otra, y entonces una de las vecinas del bajo comentó que podríamos instalar un portal que sirviese al mismo propósito. No tenía ningún sentido que cada una de las viviendas tuviese su propio filtro doméstico y aquel año se empezó a subvencionar su instalación desde el Ministerio de Eficiencia Energética y Seguridad Atmosférica. Los demás portales les sucedieron uno tras otro, hasta que cada escalera tuvo su propia esclusa, y entonces la vida cambió un poco. Otro salto social más.
Fue así como mi Lucía conoció a Valeria, la vecina del segundo con la que corría por el pasillo cuando ambas tenían cinco años. Las puertas blindadas que hacía unos años eran el súmmun de la seguridad habían sido sustituidas por esclusas que más tarde se habían vuelto obsoletas con la instalación en los portales, por lo que permanecían abiertas de par en par durante el día, y los vecinos que aún conservaban puertas convencionales empezaron a abrirlas durante cada vez más horas al día. No recuerdo mucha resistencia a la vida en comunidad, simplemente es algo que pasó tan poco a poco, tan gradualmente y debido a la necesidad que pocos trataron de impedirlo. Ante la escasez de energía, símplemente se volvió más barato cocinar en un par de domicilios para muchas personas, ante los precios de la comida, simplemente se volvió lógico destinar algunas de las habitaciones más luminosas a cocinar patatas y tomates, luego alfalfa, brócoli y rábanos, y finalmente derivados de hongos y soja se abrieron camino en el menú del portal. Los niños pequeños empezaron a compartir cuartos y las personas ancianas pisos que permanecían siempre abiertos de par en par. Puertas abiertas frente a ventanas cada año más y más oscuras.
Las ruedas del carrito, que en su momento habían pertenecido a varias carretillas de obra, me devuelven al presente. No tenían mucho problema con el irregular terreno urbano mientras avanzaba hacia la baliza que me daría acceso a la Red, pero a veces ofrecían cierta resistencia o daban un bote. Delante de mí, un pequeño pero potente faro pulsaba a veinte metros del suelo anunciando una de las entradas presurizadas, a años luz de aquellos primeros sistemas domésticos que instalamos en viviendas y portales. Y luego en mancomunidades, evoco. Supongo que también fue el siguiente paso lógico. Recuerdo que se formó un pequeño grupo de expedición vecinal que agrupó las presidencias y jefaturas de varias agrupaciones de portales para realizar la visita a la primera comunidad atmosféricamente cerrada del barrio, el primero de los domos. ¿Cuánto hacía de eso? ¿Qué edad tendría Lucía? ¿Diez años?
Me acuerdo de que una veintena de personas pasamos por turnos por la esclusa de la mancomunidad. Habían ensanchado la entrada de uno de los portales, retirado unas escaleras y abierto una oquedad de cinco metros de anchura, que luego habían reforzado mediante una pared sellada de polímeros y una esclusa. El aire exterior aún era respirable, pero ellos habían convertido todo su patio en una enorme estancia cerrada, verde e iluminada. Me acuerdo del placer que sentimos al retirarnos los equipos de respiración individuales y respirar aquel aire tan limpio. Olía a una mezcla de bosque húmedo por el compost y comida recién preparada. La esclusa de entrada daba directamente al patio, años atrás un aparcamiento, que ahora había sido transformado en un pequeño campo de cultivo ajardinado con bancos, una pequeña explanada de juego y un pequeño ágora. La piscina se había convertido en el depósito de agua y habían echado abajo todos los muros de las viviendas bajas, que se habían convertido en espacios para el cultivo, salas de reuniones, espacios para procesar y cocinar comida o aulas multipropósito. Miramos hacia arriba y vimos una cubierta formada por cientos de pequeños triángulos que cerraban el volumen del patio por arriba. Les había costado una pequeña fortuna, pero uno del barrio sabía cómo tender tirantes metálicos entre edificios y tras acopiar los materiales y un par de equipos de escalada habían sido los propios vecinos quienes habían montado la cúpula. Fue la primera vez que oía que una comunidad de vecinos se coordinaba de esta forma y, por supuesto, todos los visitantes fuimos radicalizados a tal efecto. El resto de domos crecieron por el barrio y la ciudad y se integraron con el paisaje como si siempre hubiesen estado ahí, se convirtieron en la nueva normalidad y el nuevo paisaje.
Cuando todavía había paisaje, claro, pienso echando literalmente la vista atrás, a la nube de polvo atmosférico de la que estoy a punto de salir. Pulso el botón de acceso a la esclusa y una pequeña compuerta lateral se abre para dejar entrever una cámara semiesférica. Antes tenía un micrófono incorporado pero hacía siglos que se había roto y, como tantas cosas, abandonado. Apenas hay presupuesto para reparaciones no esenciales. Me siento observado unos segundos, sonrío dentro de la máscara presurizada y levanto el pulgar, y la cámara vuelve a esconderse tras la pared. El sonido electromecánico indica que mi puerta está disponible y la empujo, levantando el carro para salvar los quince centímetros de altura de la esclusa. A diferencia de las que usaban plásticos y gomas, las más modernas eran casi todo metal y recordaban al cierre de las compuertas de los submarinos. Es más, juraría que es la misma tecnología. Cierro la compuerta y giro el volante media vuelta. El resto de la vuelta se realiza en remoto desde la sala de control y el cierre magnético aumenta ligeramente la presión.
—«Espero que haya ido bien ahí fuera, has ajustado demasiado»—el sonido proviene del altavoz ubicado en el techo de la esclusa. Este sí que funciona. Tres pitidos indican que el aire del interior está a punto de cambiar y la pequeña estancia se convierte durante unos segundos en un torbellino de aire mientras el sistema de seguridad extrae el aire tóxico y bombea aire respirable. Un segundo zumbido me indica que la segunda esclusa está lista para ser abierta, aunque esta es automática. Un rostro reconocible me espera al otro lado—. ¿Qué traes ahí?
—Un souvenir—golpeo con la palma de la mano el tocón y vuelvo a hacer la maniobra de levantar el carrito para superar la esclusa, esta vez con la ayuda de mi hija. Sus canas y las arrugas de su rostro golpean mis rodillas con fuerza. ¿En qué momento ha pasado tantísimo tiempo?—. Sectores B-78 al B-97 y C-21 al C-34 sin fugas visibles—informo.
—Firme aquí, por favor—las arrugas se hacen más visibles mientras me acerca la hoja de firmas y me abre la compuerta que da acceso a la galería—. Y yo te firmo aquí... ¿cenamos juntos?
—Cenamos juntos—me guardo el resguardo en el bolsillo del pecho, le doy un beso de despedida y tiro del carrito hacia la siguiente estancia.
El espacio al que accedo es una de las primeras galerías construidas entre domos y en su perímetro. En las ciudades, corrían por la superficie como rutas bacterianas en un disco de petri, y aunque algunas habían sido casi abandonadas, las que quedaban se habían convertido en un hervidero de personas. Cuando el aire se volvió irrespirable y las comunidades de vecinos empezaron a correr el riesgo de quedar aisladas, la construcción de galerías, "túneles de superficie" como se les llamó, fue algo inevitable, como lo fue luego la integración con el sistema de metro y las nuevas galerías subterráneas para acoger a la población de ciudades sin red de metro. Me pregunto cuántos millones nos habremos hacinado aquí abajo desde que el cielo se cerró, pero sé que todos arrimamos el hombro de la forma en que pudimos, principalmente cediendo un espacio cada vez más exiguo. Recuerdo los años de la expansión de las literas, y antes de eso recuerdo una habitación para mí solo. En mi juventud me habría negado a aceptar la posibilidad de compartir mi cuarto con desconocidos, y ahora en mi vejez me resultaría raro prescindir de mi nueva familia ampliada. No solo hubo que alojar a millones de personas, también fue necesario trasladar los cultivos hacia abajo en una labor de ingeniería distribuida que fue mundialmente reconocida y copiada. Cuando "mundialmente" significaba algo y el mundo era un lugar global.
Me quito la máscara, la guardo en mi mochila y admiro la localidad en la que habito ahora. Aspiro el aire reciclado infinitas veces y mis fosas nasales se llenan con el olor de la humanidad encerrada en conductos. Así debe de oler una civilización de hámsters, a sudor, respiraciones, noodles calientes, brochetas de proteína a base de soja y grillos, setas fritas, gachas de tubérculos, paté de setas con legumbres y crumbles de microverdes aglutinado con micelio. El hambre ha agudizado mi olfato pero me había regalado cara de pocos amigos pese a los saludos con los que me encuentro por los pasillos.
Camino varias docenas de metros y accedo a lo que en su momento fue un edificio residencial. Hoy su patio interior, protegido por un domo completamente opaco por la acumulación de polvo y nubes grises, se ha convertido en un frondoso jardín de lechugas verticales con una rotación de unos pocos días. Miles de pequeños cubos de cultivo aeropónico cuelgan de tensores desde el domo y varias pasarelas metálicas auxiliares que comunican lo que pocos años atrás fueron viviendas aisladas. Un par de agricultores manipulan a distintas alturas algunas de las plantas. Una de ellas me saluda y yo hago lo propio. No solo es un huerto, es uno de los pulmones del barrio, pero el verdor de las hojas de la lechuga que recuerdo de la infancia ha sido engullido por la penumbra de los leds rojos y verdes, lo que conforma una opresiva atmósfera morada. Si aún hay peces en el mar, quizá se sientan así cuando entran en los campos de kelp, suponiendo que aún quede kelp en las profundidades, cosa que dudo bastante.
Atravieso el patio y saludo a algunos de los residentes sentados en los bancos que miran a la lechuga-kelp. Antes la gente contemplaba el horizonte del campo, ahora se pasan las horas dentro de los pulmones verticales de las granjas de barrio. En esto se han convertido nuestras vistas. Salgo por el extremo opuesto del patio en dirección a la rampa "L6-72", iluminada por el cartel del mismo nombre, uno de los accesos a la línea circular de metro, y tras unos minutos accedo a la galería. A decir verdad, los humanos somos una especie increíble. El andén de la estación mide unos cinco metros, y dos columnas de personas caminan en sentidos opuestos, una junto a la vía aún en funcionamiento para el transporte de carga y emergencias, la otra columna junto a puestos de comida rápida, tiendas y cuevas-hogar en los antiguos cuartos auxiliares de los trabajadores de la red de metro. Giro a la izquierda y me uno a la corriente que avanza hacia el norte.
Cuando era pequeño me resultaba divertido ver, desde el andén de la estación, el de la siguiente. Hoy ambas plataformas están unidas mediante túneles auxiliares que corren paralelos a las vías, de tanto en tanto abiertos a ellas, por lo que desde mi perspectiva una línea de luces led y faroles UV avanzan hacia la oscuridad, iluminando el camino al peregrinaje diario. A mi alrededor camina una infinidad de personas desconocidas. Yendo o volviendo del trabajo, cuidando de familiares, realizando compras. Agricultores, mineros, profesores, ingenieros moviéndose de un lugar a otro. En el fondo, la ciudad no ha cambiado tanto, más allá del hecho de que ahora todo el mundo camina de un punto a otro. El propio consistorio está en el subsuelo, y hace por lo menos dos décadas que empezamos a construir nuevos espacios residenciales y galerías aquí abajo. Incluso han logrado desmontar, trasladar y volver a montar una de las antiguas tuneladoras, abandonada en una galería de servicio, para tunelar dos nuevas galerías justo bajo la línea circular. Se habla de un enorme parque lineal ahí abajo, aunque me temo que yo no lo veré.
Uno de los vagones ligeros avanza al doble de la velocidad humana y pasa junto a la gente. Es poco más que unas ruedas, una tabla y un motor, pero lleva un volumen de fardos considerable, y varios jóvenes ríen sentados sobre ellos mientras el conductor les grita algo desde la cabina. Ni él se va a bajar para echarles ni ellos van a renunciar al transporte rápido. No he podido verles bien, de forma que uno de ellos bien podría ser alguno de mis nietos. Sonrío, esta vez sin máscara que esconda mis arrugas y la piel pálida de oscuridad. Es reconfortante pensar que la juventud no ha perdido su espíritu aquí abajo. Después de todo este es su hogar ahora.