Publicado a 2026-08-05
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—¿Crees que vendrán este año los barcos de viento? —Por la forma en la que solía distraerse, el pequeño había recibido la tarea menos relevante de todo el proceso: separar las hebras en distintos montones con los que más tarde trenzar diferentes tipos de cuerdas. En lugar de poner el foco en los montones, que a menudo confundía, mezclaba y cambiaba de orden, deshaciendo de tanto en tanto parte del proceso, el pequeño estaba inmerso en sus asuntos. Esto obligaba a su abuela a poner orden, recordar para qué era cada montón y volver a insistir en que debía mirar hacia abajo en lugar de otear un horizonte amarillento que hacía apenas unos minutos había dejado de ser rojizo.
—¿Por qué? ¿Ha parado ya la guerra? —siseó la anciana con la mueca burlona y mordaz, fingiendo enfado—. ¡Nadie me había informado de la novedad!
A diferencia de la piel suave y rosada del pequeño, la de la mujer era dura como el cuero, rugosa, seca y morena. Las manos arrugadas seguidas por brazos fuertes hacían énfasis en una larga vida de trabajo duro junto al mar, que la habían recompensado con una corona de pelo pajizo. Lo único que compartían eran unos ojos azules intensos y vivos que, por caprichos de la genética, se habían saltado una generación.
—No, la guerra no ha parado —contestó sin percatarse del tono irónico de su abuela.
—Pues entonces no van a venir —aclaró la anciana.
A pesar de sus palabras, y sin mover la cabeza orientada al trabajo, la mujer observó por unos segundos el escenario más allá del infinito de arena mientras sus manos ocupadas no paraban de anudar cuerda para una escala que había que arreglar. El pequeño miró al desierto y luego a la abuela, y sus ojos se encontraron en el proceso, lo que obligó a la anciana a volver a recordar que en el montón de la izquierda estaban todas las hebras, y que a medida que se avanzaba hacia la derecha había que ir anudando las más largas. Suspiró, abandonó un momento sus funciones, ordenó un par de mechones y volvió a su trabajo.
—¡Merilio a lo mejor sí que viene! —explotó la tercera generación con una sonrisa mientras sin querer golpeaba con ambas piernas el barril sobre el que estaban las hebras sin clasificar, que a punto estuvo de caer pendiente abajo—. Perdón... Merilio a lo mejor sí que viene— repitió por si se hubiese dado la situación de que su abuela, situada a menos de un metro de distancia, no le hubiese oído.
—¿Cómo recuerdas ese nombre? —La anciana frunció el ceño sorprendida y apretó los labios en una mueca simiesca haciendo memoria—. Eras muy pequeño la última vez que lo oíste. ¿Qué edad tenías entonces?
—No sé.
—¿Qué edad estándar tienes ahora? —Alargó la mano para volver a colocar una de las hebras de su nieto, pero este se dio cuenta de su error durante el proceso y la cambió de lugar con rapidez.
—Mmm, siete años estándar, pero doce añitos.
—¿Y hace cuántos años que Merilio no viene por aquí?
—Tres.
—¿Entonces? —preguntó la anciana mientras echaba una rápida ráfaga al horizonte.
—Entonces, ¿qué?
—¡Ahhhhhh! —La abuela fingió gritar desesperada mientras elevaba ambas manos y la mirada al cielo, y hacía reír a su nieto—. ¿Es que no tienes capacidad para la más mínima concentración? No, esa hebra ahí no va. Va ahí. Entonces..., ¿qué edad tenías la última vez que vino Merilio a comerciar si ahora tienes siete estándar y hace tres que no viene?
El pequeño miró a la anciana con curiosidad, luego se miró las manos y movió los dedos durante un tiempo que a la anciana pareció una pequeña eternidad. Sentados en su saliente favorito, con la arena al fondo, sus manos se contorneaban sobre el desierto. Hizo el cálculo dos o tres veces antes de inventarse el resultado.
—Tres— Mostró tres dedos a su abuela en señal de prueba.
—Cuatro, cuatro años. Siete años estándar menos tres años estándar son cuatro años estándar.
—Cuatro... —Sus dedos rechonchos volvieron a moverse para comprobar que su abuela no se hubiese equivocado, y luego gritó como si le hubiese dado un calambre—. ¡La última vez que vino Merilio trajo una fruta muy rica!
—Tienes una memoria prodigiosa, lo sabes, ¿verdad? Aunque te falla un poco el tema ese de restar, vas a tener que pasar más tiempo con Nabira —dijo sin esperar una respuesta—. Trajo unos zafirios de Luma, riquísimos y frescos. ¡Qué jugosos estaban! De hecho, creo que es la última vez que los comimos. Pero me temo que no va a volver a volar por aquí, con o sin fruta.
—¿Por qué?
—Porque pasó por aquí el segundo año después del inicio de la guerra, fue el último que hizo el recorrido y nadie ha vuelto a hacer la ruta. Nadie está tan mal de la cabeza. No le hemos visto en tres ciclos de vientos. ¿Eso no te da algunas pistas de dónde está Merilio ahora?
—¿Dónde está?
—Probablemente, muerto en alguna parte —sentenció la anciana mientras señalaba otra de las hebras desordenadas y observaba a su nieto hacer una mueca desafiante.
—Yo creo que está vivo.
—¿Ah, sí? ¿En qué te basas? —desafió.
—No le hemos visto muerto.
—Mira, ese es buen argumento, pero me temo que los vientos pasan justo por el centro del conflicto, y su embarcación no tenía motor. Estaba a merced de cómo se moviese el aire y cuando se fue este lo llevaba directo a los cañones del otro lado del océano de arena.
—Pero a lo mejor dio la vuelta.
—No es así como funcionan las corrientes elevadas, ni como navegan los barcos de viento.
—¿¡Y tú qué sabes!? —desafió el pequeño en un tono que arrancó una carcajada a la vieja.
—A ver si te piensas que yo he sido vieja toda la vida y me he dedicado siempre a atar nudos, pescar sierpes en el borde del desierto o a coserte los pantalones que no dejas de romper. —Había conseguido la plena atención de su nieto, al menos durante los próximos segundos—. Cuando yo era muy joven, un poco más mayor que tú, mis padres estaban totalmente asentados. Yo no vine con ellos, me tuvieron en este mismito planeta, pero a tres océanos de arena de distancia en aquella dirección. Por aquel entonces ya casi nada de las colonizadoras funcionaba, básicamente las habían desmontado de arriba a abajo. Es más, me acuerdo perfectamente de cables eléctricos haciendo de cuerdas, fíjate cómo es la memoria. Pero la gente es muy cuca y por aquel entonces ya estaban domesticando carabelas.
—¿Las que vuelan? —La clasificación de hebras tendría que esperar a que volviese un interés que ahora estaba en otra parte.
—Esas, las que vuelan, las grandes y rojizas, las que son adultas. Pero no interrumpas. Para cuando fui lo bastante mayor para desafiarles, me fui de casa dos meses para aprender a navegar los cielos, y era jodidamente buena, ¿sabes? No, era retórica, no interrumpas. Aunque volví hecha un pingajo: famélica, con una insolación terrible y a puntito de quedarme en el sitio. Estuve unos años en tierra, cultivando frutas en los acantilados de Hebres, donde chocaban las nubes. Ahí crecía cualquier cosa, pero la humedad era insoportable, se condensaba en la cara mientras trabajabas. Luego murió mi madre, y al poco mi padre, y luego empezó la guerra.
—¿La guerra? —El pequeño miró al horizonte, a la izquierda.
—No, esta era otra guerra. Ha habido varias. Llevamos aquí apenas unas generaciones y ya nos las hemos apañado para escribir una pequeña historia bélica. Mis abuelos se fueron de su colonia natal por el hambre que traía la guerra, era otra guerra más antigua aún, en un planeta en lugar de una luna, pero se trajeron toda la estupidez que les cabía en las naves seminales.
—¿Qué es una nave semanal?
—Seminal, de semilla. No teníamos suficiente con destrozar nuestro planeta de origen, así que nos fuimos plantando a nosotros mismos por todas partes. Pero no interrumpas.
El pequeño observaba a su abuela con toda la atención de aquel mundo concentrada en la voz de la experiencia. Por algún motivo, la abuela nunca contaba sus historias delante de los adultos, pero a veces tenía la suerte de encontrarla con humor suficiente como para que le revelase misterios de un pasado remoto.
—El caso es que cuando murieron mis padres ya nada me ataba al lugar en el que, literalmente, ellos habían caído. Creo que el término correcto es estrellado, de hecho. Así que me hice mercante, y viajé mucho. Ten en cuenta que fue un momento en el que decenas de pequeñas colonias se asentaban en múltiples continentes. Miles de almas perdidas, hambrientas, infantes en un mundo que no entendían. Hicimos caja.
—¿Caja? ¿Qué caja hicisteis?
—Ninguna caja. Es una expresión antigua. Pero no interrumpas. No tengo ni idea de a qué caja se refiere, la verdad, es algo que decía mi padre cuando le iba bien en el mercado. Hacer caja. Significa que los negocios van bien. Y a mí los negocios me fueron genial, era una mercante del carajo. Durante unas décadas tuve mi pequeña flota y todo.
—¿De verdad? ¿¡Eras como Merilio!?
—¡Já! —Soltó una carcajada forzada y los ojos brillaron—. Merilio era un pipiolo la primera vez que lo vi, en todo caso, él era como fui yo. Y yo era como fue el imbécil que me enseñó, que estaba obsesionado con los océanos de agua en los que a su vez su abuelo navegó.
—¿Cómo van a ser los océanos de agua? ¡Pero si no hay tanta agua en el mundo! —El pequeño la miró con una expresión que trataba de juzgar si su abuela estaba loca o simplemente le estaba tomando el pelo.
—En este mundo, no. Pero de donde venimos, sí. Es más, una vez me contaron sobre un mundo en el que se navega sobre metano y en el que no se podía estar así como estamos nosotros, al aire. Tenían que estar metidos en trajes para estar fuera. —Miró hacia arriba, hacia ningún punto en concreto más allá de los anillos exteriores—. Si allí aún no se han matado, a lo mejor siguen surcando el metano.
La anciana volvió a la superficie, apretó con fuerza y maña el último de sus nudos, y palmeó dos veces la escala como signo de un trabajo bien realizado. Miró a su nieto y sonrió, obteniendo una sonrisa de vuelta.
—¿Qué me dices? ¿Subimos a la meseta y probamos que no me haya dejado ningún tramo mal anudado?
—¡Pero si me ibas a contar de cuando tenías una pequeña flota y todo! Y lo de los surcos del metano.
—De eso nada, coge esas madejas, deja el resto que luego vamos a seguir otro rato.
Una vez cargados, ambos dieron la espalda al océano de arena y comenzaron el ascenso por la pendiente, agarrándose a los huecos de la roca, cuerdas colocadas previamente y ocasionales garfios metálicos. En la otra dirección, a cientos de kilómetros de distancia, más allá de la bruma caliente que dibujaba ilusiones sobre el desierto, un pequeño punto negro tomaba forma en el cielo.
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