Publicado a 2026-08-07
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Simplemente, el silencio no era una característica de aquel edificio. Las tablas del suelo, a veces hasta las de las paredes, crujían al más ligero paso o movimiento, incluso emitían dolorosos restallidos cuando alguien se giraba en su cama, acompañados por quejumbrosos chirridos de los viejos somieres. Las barandillas de madera también chasqueaban ante el paso de las horas, como si de un macabro reloj arbóreo muerto se tratase, desperezándose con espasmos a horas irregulares en función de cómo las abandonara el frío o el calor. A aquellos ruidos se sumaban ocasionales silbidos bajo las puertas cerradas y junto a las ventanas entreabiertas, producidos por corrientes de aire que trataban de escapar o entrar a las estancias, cada puerta o ventana convertida en una armónica cuya respiración helaba el aire incluso en pleno verano, y a los que los golpeteos de los goznes se sumaban para aportar el siniestro toque metálico.
En las ventanas en las que aún había cortinas, estas acariciaban los marcos, los tablones de las paredes o los escasos muebles, manoseándolos con sus gastados tejidos y llegaban en ocasiones a engancharse con clavos o astillas, rasgándose agónicamente conforme sus hilos se partían. Fuera de la vivienda, las banderolas fustigaban el aire si este las azuzaba; cuando las ventanas estaban abiertas, chasquidos casi crueles, inesperados, rasgaban el aire, y cuando estaban cerradas el sonido amortiguado del látigo se oía a través de las paredes, aún más antiguas que los vidrios. Las tejas, sueltas, eran tocadas por el viento y conformaban un interminable piano cerámico, y algún mes una de estas piezas terminaba por desprenderse y explotar contra el patio de piedra; lo que significaba un golpeteo de agua más en los meses de lluvia al filtrarse por el tejado y caer sobre un improvisado recipiente. Las vigas sonaban día y noche, al asentarse la vivienda a medida que seguía fluyendo hacia abajo con el peso de una gravedad que a cada estallido prometía derrumbarla. A pesar de que todos sus componentes eran inanimados, la edificación desprendía una acústica enérgica y viva, en el momento en que diferentes expresiones de energías potenciales y cinéticas encontraban nuevos puntos de equilibrio y liberaban en el proceso un tipo muy particular de latidos.
Cuando no había mantenimiento básico de jardinería, que era el estado habitual, los días de viento las ramas rasgaban la piel del edificio como si los árboles intentasen entrar. Un par de meses al año, el crepitar del fuego respondía a los arañazos como si de una advertencia se tratase, la rama que más repicase se convertiría en combustible, fragmentándose en pedazos sonoros mientras el fuego la devoraba con ansia, y silbaba por el tiro de la chimenea para ayudar a soplar más corrientes de aire.
En los meses de lluvia, las gotas repicaban en el tejado, los muros y las ventanas, como si intentasen fragmentar el vidrio. En los fríos, la nieve crujía deslizándose por la cubierta o amortiguaba las pisadas de los animales que buscaban algo que llevarse a la boca. En verano se los oía buscar en la tierra, arrancar la hierba o mover los matorrales. De noche, los chillidos de los murciélagos atravesaban la estancia cuando salían de casa o criaban en la buhardilla, y el ulular de algunas aves anunciaba movimiento en la espesura.
Pero los sonidos de quienes vivían en la edificación eran mucho peores, más trazables y a la vez incómodos. Arrastrándose detrás de las paredes, horadando la tierra por debajo del sótano o caminando sobre las vigas que daban lugar a la buhardilla, diferentes conjuntos de roedores chillaban, arañaban y gemían, quizá peleándose por algún resto de comida o por un pedazo más de inmueble. Si los acompañantes rabiosos no se comían las migas que nos dejábamos en el suelo, estas crujían bajo el peso cuando uno de nosotros acudía de noche al baño, un sonido imperceptible cuando el sol quemaba los listones del suelo pero agudo y penetrante una vez se había apagado la última luz.
Era posible identificar el movimiento del necesitado tanto por las migas duras como por los arañazos de granos grandes de arena o pequeños de grava, de los que tienden a acumularse en los bajos de las zapatillas, y los crujidos de los tablones hasta el retrete ubicado en el extremo de la enorme habitación. La bisagra crujía al tiempo que la pesada hoja de la puerta era empujada. El impacto de la orina en el líquido del sifón espumaba durante unos segundos, luego cesaba y era sustituido por la torpe búsqueda de la cadena. Sus eslabones solían chocar contra los azulejos, luego tensarse con el chirrido del metal oxidado frotándose a sí mismo, seguido de los eructos y borbotones del desagüe de la cisterna, el agua golpeando el inodoro y el gemido del agua arrastrándose por las tuberías a medida que volvía a localizar su impacto. En ocasiones, el golpe de ariete era seguido de la aguda estrangulación del agua al recorrer los últimos codos de plomo. La bisagra volvía a rozar en dirección opuesta con un sonido característico propio de la histéresis del material. Unos pasos somnolientos más tarde, de nuevo los crujidos del somier hundiéndose bajo el peso de los pequeños cuerpos. Tras cada una de estas maniobras nocturnas, que se repetían un par de veces por hora hasta bien entrada la madrugada, una réplica de somieres recorría la estancia cuando quienes se habían despertado volvían a ajustar su sueño.
Las toses invadían la atmósfera como si de campanadas desajustadas se tratase; especialmente con el frío del invierno, rasgaban el aire cada pocos minutos. Cuando alguno de los pequeños no roncaba o no tosía, los silbidos de sus narices y los pitidos de sus pechos al respirar se ocupaban de replicar la misma atmósfera, una orquesta solo rota con esporádicos llantos de quienes eran nuevos y estaban asustados o quienes llevaban el suficiente tiempo en la casa como para saber que ningún padre vendría a sacarles de la miseria de la falta de alternativa biológica.
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