Publicado a 2026-08-23 --- Los pies, doloridos, se hundían en la fina arena verdosa con cada zancada. Luego, con la cadencia de la pisada, retrocedían unos milímetros cuando ella desplazaba su centro de masas. Usaba sus pies como fulcro y se dejaba caer ligeramente para tirar del _trineo_ que había logrado construir al canibalizar parte de la vaina de escape y otras piezas del accidentado vehículo de transporte. «¿Cómo vas? ¿Necesitas un descanso?», la voz de Zarjanna resonó en su cráneo y se mezcló con las palpitaciones fruto del esfuerzo, «¿Ves alguna sombra?» La cubierta policristalina de la vaina hacía las veces de cuchara de carga. Siete láminas rígidas de termocobre, cosidas entre sí mediante cables anudados, mantenían el cristal sobre la superficie del desierto como patines. Varias barras de refrigeración, arqueadas, sostenían una lona del paracaídas de descenso y aportaban una necesaria sombra al interior a parte del trineo. La otra parte albergaba una célula fotovoltaica desconchada que alimentaba tres stocks de baterías de metales líquidos de estratificación gravitacional, todas las que había logrado localizar sin fugas. Las baterías alimentaban un bucle Zur sellado. Zarjanna estaba dentro, atrapada, protegida. —No hay una puta sombra, Zarjanna— resopló Erica mientras intentaba no perder el ritmo—. No hay absolutamente nada aquí fuera, solo arena, calor y más arena. Varios antiguos cables de energía y soporte vital personal servían como improvisadas cuerdas. Conectadas al trineo, cubrían el torso y parte del abdomen de Erica. Con cada paso adelante, se tensaban al comprimir y marcar el musculoso cuerpo forjado con 1,2 gravedades estándar. La tensión se extendía cinco metros hacia atrás, estiraba los cables hasta convertirlos en líneas rectas sobre el paisaje, y volvía a dejar caer el peso del cuerpo para arrastrar el trineo. Erica observó el panel de su antebrazo y selló las lecturas de luminancia. Detuvo la marcha, tomó un par de bocanadas de aire caliente, colocó los brazos en jarra, flexionó ligeramente las rodillas y contempló el paisaje. Pronto no podría seguir avanzando debido al calor del día. Llevaban cinco ciclos de luz, aprovechando la oscuridad parcial para moverse por el desierto y descansaban durante las horas centrales del _día_, cuando el reflejo del sol sobre los anillos elevaba la temperatura local por encima de los cuarenta grados durante más de trece horas. La _noche_, o el momento en que la luz era menos intenso, de seis horas, era más amable tanto con la fisionomía humana como con el servidor que arrastraba por la luna. Por suerte, en esa parte de la luna no daba el sol de forma directa, o ambas se habrían convertido en cenizas pocos minutos después de que su nave se hubiese estrellado. Zarjanna guardó silencio desde sus nuevos aposentos digitales. No había eco, no había paredes, solo la respiración de Erica impresa directamente en su procesador. Desde el transvase, Erica era sus ojos, oídos y resto de periféricos. Ni siquiera conservaba propioceptores. No había hambre, cansancio, dolor de cabeza o sed. Quizá si lograban restaurarla en un sintético... —Persona artificial— corrigió Erica. «Mierda, ¿has oído eso?» —Alto y claro— confesó Erica llevándose la mano al implante cortical, segundos antes de darse cuenta de que su compañera no podía ver el gesto—. Tienes que aprender a filtrar lo que dices. «Lo estaba pensando» —Tienes que aprender a filtrar lo que piensas— corrigió—. Me temo que ya no tienes cuerdas vocales, cariño, todo lo que emites son pensamientos y creo que los radias a los cuatro vientos cada vez que le das vueltas a algo. «¿Me has oído esta noche, cuando...?» —Alto y claro— repitió—. Pero no quería interrumpir tu diatriba. Tienes todo el derecho del mundo a volverte loca. Ambas guardaron silencio mientras Erica se desplazaba al final del trineo caminando en forma de media luna. No quería que los cables se enrollasen unos con otros. Levantó la lona y contempló el sintetizador de agua. Apenas había para un trago. Cogió el recipiente, bebió el líquido con rapidez y volvió a dejarlo en su cuenco de llenado. Aún conservaba tres litros de agua en un tanque, pero quería estirarlo lo máximo posible. Con ese sorbo debería bastar. —Tranquila, no te dejé en la nave y no voy a dejarte aquí— comentó Erica por la banda de comunicación para cerrar el pensamiento de su compañera. «Creo que me da más intranquilidad que no me dejes aquí», pensorayó Zarjanna, «¿Cuánta agua tenemos?» —Suficiente para un par de días más si sigo a este ritmo. Más, si localizamos algún tipo de refugio, vegetación o incluso agua líquida. La atmósfera apenas tiene nada, pero el decantador parece funcionar bien. Las raciones de comida durarán bastante más. Tu batería me preocupa más. «¿Cuánto me queda?», preguntó Zarjanna. —A este ritmo, un par de noches más. ¿Podrías echarte una siesta o pensar menos? Zarjanna emitió un zumbido casi subsónico que Erica estaba empezando a interpretar como algo similar a una risa. «Soy una lata en mitad del desierto, no me canso lo suficiente como para dormir y no tengo otra cosa sino pensar». —¿Modo de ahorro de energía? «No sé si tengo de eso». —Eso me temía —Erica volvió a colocarse en cabecera del trineo regresando sobre sus pasos en semicírculo—. Intenta no darle demasiadas vueltas a nada. No pienses mucho. Erica inició de nuevo la marcha. «Si mis cálculos son correctos, nos queda media hora hasta las estructuras, ya estamos ahí», pensó Zarjanna a su compañera. —Eso es pensar— respiró a modo de gruñido Erica, sin estar muy segura de si lo había dicho, lo había pensado o ambas. No debería hablar o perdería agua. «Perdón. Corto y... ¿Crees que los demás estarán bien? Tienes razón, conservar energía. Corto y cierro». Tras días caminando en dirección a la formación identificada por las cámaras de la nave durante su caída libre, las piernas de Erica dolían a cada pisada. Cada músculo clamaba descanso ante la falta de nutrientes y agua, así como debido al cansancio acumulado. Si Erica no hubiese sido de Tardan, probablemente ambas estarían muertas. Formalmente, al menos una de ellas ya lo estaba. Al menos, de momento. Erica había despertado en un charco de sangre y líquido de criopreservación solo para localizar a casi todo el pasaje muerto dentro de sus criotubos. De más de sesenta mil colonos, apenas doce cápsulas se habían librado de daños estructurales catastróficos, todas en la sección de conocimientos críticos. La cápsula de Zarjanna había resultado dañada, los conductos de alimentación bloqueados, las piernas aplastadas por el impacto. La sangre se fundía con el líquido del tubo. Zarjanna llevaría un par de minutos con convulsiones antes de que Erica diese con ella. Logró abrir la cápsula y reanimarla. Inconsciente, le hizo un torniquete y luego acudió a liberar al resto de compañeros de viaje. Zarjanna despertó a la segunda noche, tosiendo. Si los nuevos compañeros de Erica no la hubiesen ayudado en ese momento, no habría podido soportarlo. Por suerte, varios contaban con formación médica. —No va a conseguirlo de ninguna manera. Su cuerpo ha sufrido demasiado— comentó Carlson, uno de los médicos de la nave, a Erica. —Pero hemos hablado y creemos que hay una forma de preservarla— indicó rápidamente una joven bajita y calmada. Henna trabajaba como analista y personal de mantenimiento del entorno de simulación de la nave colonial—. Podemos transferir su cerebro a un entorno digital usando equipación de la propia nave, de las cápsulas. Un bucle Zur rudimentario... —¿Se quedará dentro de la simulación?— preguntó Erica. —No, no hay espacio en el disco y la energía con la que contamos fluctúa demasiado. Ella _será_ la simulación. No cabe un entorno entero. De hecho, tendremos suerte si podemos meterla dentro. Pero es su única salida. Durante los siguientes días, parte del equipo trabajó por estabilizar el bucle y futuro hogar de Zarjanna mientras el resto canibalizaba partes de la nave. Baterías, pantallas de deflexión térmicas, acumuladores de agua. Cualquier objeto que pudiese ayudarles a sobrevivir en aquel mundo. Hasta que les rescatasen, insistía el antropólogo Tomás, aunque ni siquiera él se creía sus palabras. Las naves colonas no suelen seguir rutas habitadas. Para cuando la señal de que la nave se había estrellado en aquella luna llegase al Protectorado, todos habrían muerto décadas atrás. La cuarta noche, el cerebro de Zarjanna fue exportado y su cuerpo físico fue inducido a la muerte. Lo almacenaron poco después en una de las criptas de cápsulas, convertida en un pantano de fluidos pútridos. No habían encontrado nada más digno. La consciencia digitalizada de Zarjanna tardó cinco días más en emerger de forma estructurada dentro del bucle. Después de un mes escondidos a la sombra del amasijo del impacto, ella y Erica tomaron la decisión de moverse. Las estructuras detectadas por las cámaras parecían prometedoras. Había señales de movimiento junto a ellas, aunque podía ser el viento, formaciones rocosas o animales. —Ya hemos llegado— anunció Erica de forma sintética, deteniendo el trineo. «¿Y bien?» —Un momento, quedan unos metros. Me he quitado el arnés, voy a explorar. No te muevas de ahí —bromeó. «No me muevo». Ser una consciencia en un tarro era la experiencia más aterradora que Zarjanna había tenido en su vida. O en su muerte. Por suerte, contaba con Erica, a quien había conocido hacía tres años de tiempo de simulación en el entorno digital de la nave colonial. Vista la situación actual, resultaba irónico y hasta divertido que su relación hubiese empezado como algo puramente físico dentro de una simulación en la que abundaba el verde. —Las estructuras son árboles. Esqueletos carbonizados de algo parecido a hierbapino. Es obvio que los ARNtistas han pasado por aquí, esto está modificado. Y no es muy antiguo, creo. «Pero si están carbonizados es que no han sobrevivido» —Estos no, pero hay otro cúmulo un poco más adelante. Voy a acercarme. «No me muevo», rio Zarjanna. Segundos después, emitía impulsos que Erica interpretaba con el tamborileo de unos dedos sobre una mesa o un pie contra el suelo. —Estos están... no muertos. Pero casi. Es obvio que han recibido tratamiento. Aquí hay huellas. Humanas. Espera. También hay líneas, conductos finos. Creo que alguien está manteniendo esto vivo. Un momento, hay más— jadeó—. Estoy subiendo una pequeña colina, hay algo parecido a una cueva. Hay vegeta... ón... en... den... sos... «¿Cariño?». Si Zarjanna aún hubiese cuerpo, este se hubiese tensado y un sudor frío estaría recorriendo sus poros. Pero solo podía preocuparse. Un extraño sonido de estática resonó dentro del bucle, como si un cable estuviese haciendo mal contacto. —¡No!— la voz de Erica irrumpió en el canal como un estruendo. «¿Qué pasa?». —¡Dejadla en el suelo! ¡Esperad! Por favor, con cuidado. ¡Con cuidado! «¿Qué coño pasa, Erica?». —Espera. ¿Estás bien? «¿Yo?». —Sí, ¿estás bien? ¿Lo has notado? —Había preocupación en su voz. «¿Notar el qué?». —No estamos solos. Creo que han sido unos críos. Larguiruchos, humanos, claramente modificados, tenían la piel púrpura, parecida al color de las plantas vivas que he localizado junto a la entrada de una cueva. Se han acercado al trineo cuando me he alejado y te tenían levantada. Tenía miedo de que rompiesen algún cable o te dejasen caer. «Estoy bien», tranquilizó. —Ahora te tengo en mis brazos. «Propongo que no me sueltes y esperemos a que venga alguien» Se hizo el silencio. «¿Cariño?» —Alguien ha llegado. «¿Quién?» —Hay veinte... no, treinta. Tenemos un montón de compañía. «¿Amistosa?» —Veremos. --- >[!example] [[Todos los relatos]] | [[Relatos de colonización espacial]] [[Simulados, cuando los programas tengan derechos (serie)]]