Publicada a 2026.08.17
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Los viejos túmulos de lava se escurrían sobre sí mismos en fascinantes formaciones de colmillos que cosían el terreno directamente sobre la bóveda de estrellas, dedos de metalobasalto tratando de escapar de la dura gravedad del mundo muerto. Aquellas estructuras nacían de un lecho cristalino y fracturado, endurecido a lo largo de varios milenios de succión atmosférica. El antiguo planeta gaseoso, ctónico desde antes de que los seres humanos alzasen la vista a otros sistemas solares, se extendía hasta un infinito oscuro en que la superficie de un rosado próximo al negro se fundía con el brillo de otros soles. Según el equipo investigador, eso era lo que ocurría cuando un sol robaba la atmósfera de forma paulatina, permitiendo que los elementos más densos condensaran capa tras capa, milenio tras milenio, hasta que toda la atmósfera quedaba disipada. Sin un casco-HUD que mostrase la línea del horizonte mediante una proyección, era imposible distinguir los brillos creados por el terreno fracturado o los puntos de las estrellas.
El equipo de exploración inicial, sin embargo, se perfilaba con total nitidez sobre la oscuridad. Una veintena de domos semiesféricos chatos, iluminados tanto por dentro como mediante focos externos, crecían junto a algunas de las superestructuras como si de hongos arbóreos se tratasen. La perspectiva jugaba una mala pasada, pudiendo parecer las estructuras humanas algo diminuto. Cada domo medía más de cincuenta metros de diámetro y apenas llegaban a cubrir las lascas volcánicas más pequeñas junto a los túmulos verticales, cuyo diámetro en la base se estimaba en un par de kilómetros. Estas estructuras naturales se extendían desde los diez kilómetros a los ciento cincuenta y estaban separados entre sí por pasillos de apenas medio kilómetro, lo que otorgaba cierta atmósfera de claustrofobia al conjunto.
También iba a facilitar de forma considerable la colonización. El personal de ingeniería estaba convencido de que podría aplicarse antigua tecnología marciana para la construcción de inmensos domos apuntalados entre pilares, usando aquellas torres como puntos de anclaje y convirtiendo a la humanidad en una suerte de costra sujeta mediante pelos de roca volcánica con la consistencia del acero. Otra alternativa, probablemente complementaria, era la de perforar la dura roca para horadar espacios interiores dentro del propio pilar. Cada uno de ellos podría albergar varias decenas de millones de habitantes e iban a necesitar cada metro cúbico de espacio interior. El resto de la flota les seguía de cerca, a menos de cincuenta años subjetivos. Completamente equipado con traje espacial presurizado, Esteban observó el pilar más cercano a su posición y asintió a pesar de que nadie le había hecho ninguna pregunta ni tenía a nadie cerca. Guiado por el equipo, y tras varios años de muestreo y trabajo de campo, había tomado una decisión.
Los domos temporales se extenderían por la base de las columnas y empezarían a sellar el espacio triangular entre los pilares. En este espacio semiexterior, en la llanura protegida por los pináculos, tenderían los campos de cultivo, y a medida que pudiese contar con divisiones de ingeniería irían perforando columnas y extendiendo campos, de nuevo en tríadas, con compuertas de seguridad entre cada módulo presurizado. Era la solución más segura a largo plazo aunque la inversión en materiales inicial fuese costosa. Así, en el hipotético caso de que una de las estructuras colapsase, el resto del tejido agrícola estaría a salvo. Y los entornos urbanos contarían con esa salvaguardia y una segunda capa de seguridad mediante varias compuertas en cada pilar, conectadas con los campos.
Solicitó un renderizado al HUD, y este trianguló las dos columnas visibles y aquella de cuya base estaba más cerca Esteban, justo a sus espaldas. Dos calendarios se mostraron sobre la imagen, uno con la fecha actual «3212EC13.56», otro acelerado con la fecha proyectada de la imagen mostrada. El HUD dibujó primero pequeñas aberturas iluminadas ascendiendo por las columnas, perforando la piedra para asomarse al valle. Estancias, algunos hangares y un par de compuertas en la base, una ciudad inmensa en vertical. «3212EC13.98». Multiplicó el renderizado en las otras dos columnas hasta el punto de que Esteban pudo observar su propia sombra, descansando como estaba en la base de uno de los túmulos. Luego, el sistema trazó caminos de tierra, como si se buscase el baricentro del triángulo cuyos vértices terminaban en las puertas de las respectivas ciudades verticales. «3213EC01.02». Una vez dibujados e iluminados estos trazados mediante faroles a cada lado de cada camino, una doble cubierta de lucernario cubrió a doscientos metros del suelo un techo «3214EC27.12», que se convirtió en pared acristalada vertical una vez chocó contra los promontorios. El lucernario se iluminó con millones de pequeñas luces que simulaban el calor de un sol inexistente y el espacio interior se iluminó de forma explosiva, convirtiendo un valle en tinieblas en un inmenso plató. Los campos de maíz, trigo y soja crecieron en los huecos que quedaban sobre el terreno junto a algunas edificaciones bajas para apeos y sistemas auxiliares. «3217EC11.04». Ahora, Esteban vivía dentro de una cuña triangular de la que sus esquinas habían sido colonizadas por un cilindro de roca en la que se perfilaban ventanas amarillentas. El último retoque de la imagen fue convertir las paredes de cristal en pantallas espejo que multiplicaban los campos verdes del área presurizada, convirtiendo el área en un gigantesco caleidoscopio. La fecha se detuvo en «3221EC01.12». Se le erizó el vello debajo del traje, y sintió el impulso de retirarse la escafandra y respirar el aire limpio producido por la vegetación.
Todavía no podía creer la suerte que había tenido la humanidad con la localización de aquellos planetas errantes binarios —Esteban sonrió dentro del casco por la redundancia léxica—, con su actual posición en el brazo de la galaxia y su velocidad relativa. La justa para abordarlos con la flota, la ideal para instalarles motores iónicos, perfectos para impulsarlos hacia la siguiente galaxia. Aquellas rocas ya no estaban enlazadas gravitacionalmente con ningún sol, lo que facilitaba alcanzar la velocidad de escape. Uno serviría de hogar, el otro de escudo. El gigantesco gemelo, también rocoso, suponía una protección binaria natural contra meteoroides y asteroides. Y además contaba con un inmenso campo electromagnético. Las condiciones ideales para saltar a través de la radiación cósmica.
Solicitó apagar el caleidoscopio y el HUD convirtió la esperanzadora luz en oscuridad total.
—«Tendría que haber solicitado una transición más suave» —pensó mientras parpadeaba. Tardó varios minutos en volver a distinguir los contornos de los dedos de metalobasalto.
Era perfectamente consciente, quizá más que nadie, de lo que implicaba aquella proyección. Años de perforación en la piedra, décadas diseñando y construyendo inmensos domos de metal y cristal. Errores, explosiones, derrumbes, cientos si no miles de trabajadores muriendo ahí abajo por sus hijos y nietos. Una civilización dedicada a salvaguardarse a sí misma a lo largo de generaciones. Y quizá una oportunidad. Todo para asir a una roca lo poco que quedaba de humanidad. Todo para proteger aunque fuese un pedazo de esta.
Volvió a consultar los archivos de la misión. «Frente de onda gravitatoria en 3456EC07.34». En pocos cientos de años, los agujeros negros del centro de la galaxia resonarían en un impacto de alta frecuencia que arrastraría un oleaje gravitatorio suficiente como para desgajar la materia. Necesitaban salir de la galaxia urgentemente. La sensación de vértigo se repetía cada pocas semanas, y en este lugar siempre desaparecía de la misma forma.
Esteban caminó una decena de metros y tocó la piedra helada con la palma del guantelete. Cerró los ojos y rezó una breve plegaria por el planeta errante. Aquel cadáver mineral no solo iba a darles una segunda oportunidad, iba a enseñarles a volar de nuevo.
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