Publicado a 2026-07-20
---
El aullido que provenía de su propia garganta se fusionó con el movimiento de descenso del martillo, el sonido del metal deformándose por el impacto y el alarido de los altavoces del inerte que destrozaba con su último impulso eléctrico. Siguió gritando por encima de la alarma que le indicaba que el traje se había quedado sin batería, congelado como una estatua a la muerte en la última colina abandonada de Marte. Tras la caída de potencia, Semper se había quedado casi completamente a oscuras dentro de la armadura. Solo una pequeña luz auxiliar, roja, parpadeante, indicaba la muerte eléctrica de la que había sido su arma y escudo durante la batalla. Apagada la climatización, todos los poros de su piel comenzaron a sudar y notó la presión de la sangre bajo la piel. Ahora que todo estaba negro y las pantallas y los relojes habían dejado de funcionar, el ruido del bombeo de su propio corazón se convirtió en su única referencia del tiempo, pero ese descanso no duró muchos latidos.
Todo su cuerpo se tensó dentro de la armadura cuando varios zumbidos electromecánicos interrumpieron el sonido de la sangre recorriendo su cuerpo tras el pico de adrenalina. Varios chasquidos, sonidos de tornillos siendo liberados y una onda de presión que amenazó sus tímpanos, el sonido de la alarma acústica que indicaba la presencia de contaminantes, pero sobre todo el olor, se colaron por la rendija milimétrica que el traje había abierto en su último estertor tras el apagado. Ante un fallo o agotamiento de la batería, si las condiciones de supervivencia eran aunque fuera ligeramente mayores fuera que dentro, el exotraje se abría para dar una oportunidad más de respirar.
El instinto de Semper se activó con la primera bocanada de aquella atmósfera aún enrarecida con sabor a detritus de algas, metal oxidado y partículas heladas. Aún haría falta otro siglo más para equilibrar los niveles de oxígeno de forma tal que no resultasen nocivos a largo plazo ni provocasen mareos a corto. Empujó con todas sus fuerzas y convirtió las aberturas del tórax, brazos y piernas en rendijas que le permitieron salir reptando de su crisálida metálica. Se contorsionó para sacar las piernas y cayó a plomo contra la arena roja bañada de grasa, fluido y restos de la batalla. Dio una bocanada fruto de la desesperación una fracción de segundo antes de recordar el protocolo. Se colocó el respirador con célula de oxígeno, que se ajustó al rostro tras las primeras inhalaciones. Con el último punto del tensor de la máscara, notó cómo las partículas de regolito atrapadas se hundían y perforaban las capas externas de su piel. No importaba. Estaba viva y respiraba, ya se encargaría más tarde de ajustes cosméticos. Respiró varias veces más y, una vez estabilizada, evaluó su entorno inmediato. Estaba completamente sola. Toda su unidad había sido barrida y fragmentada a lo largo de varios kilómetros de combate. No fue capaz de ver ningún estandarte con las cuatro lunas.
Media docena de exoesqueletos y lo que parecían cientos de inertes la rodeaban en un mar de metal, líquidos congelándose y polvo rojo. Su armadura se había quedado atrapada en el tiempo con el martillo atravesando una tercera parte del inerte más cercano si descontaba los tres que sustituían el suelo sobre el que pisaba. Un pequeño mar de cadáveres en un océano de muerte. Una vez controlada la respiración y el ritmo cardíaco, se concentró en la acústica. No había sonidos de batalla en las proximidades. Solo arriba, a decenas de kilómetros sobre la superficie, y a lo lejos en el horizonte podían observarse ráfagas de combate. Con el último de los inertes destrozado, estaba muy lejos del frente de batalla. Trató de ubicarse durante unos segundos, aunque una mirada a varios kilómetros de distancia y la posición del pálido Sol en un horizonte carmesí fueron suficientes para confirmar su posición con poco margen de error. La falda septentrional del Olimpo se extendía a su derecha y subía hasta el infinito, hasta perforar la fina atmósfera marciana.
Observó los hilos edificados sobre la falda del antiguo volcán, el rastro venoso de la humanidad reptando por la pendiente, anclándose a la roca sin vida e iluminando mediante faroles anaranjados la oscuridad que presentaba la propia pendiente. Desde su posición, la red de ciudades de Caulis, Fila y Catenae, conocidas en todas las gravedades como la ciudad policéntrica de Rete Ferreum, se extendía como filamentos sobre el suelo rojo, cubriendo una pequeña fracción de la superficie del mayor monte del Sistema Solar. Una obra de la ingeniería y un tesoro para la vista de quien tuviese el lujo de contemplarla aunque fuese tan solo unos segundos. Semper tenía toda su vida por delante para admirarla. Bajo esos aparentes finos hilos, cada uno de ellos de varios cientos de metros de grosor, vivían más de cien millones de marcianos, la mayoría de ellos atareados en el desarrollo tecnológico y las máquinas de guerra. Atrapados en sus galerías de por vida, no dejaba de resultar irónico que prácticamente ninguno de aquellos putos fanáticos hubiese contemplado jamás la maravilla de su propia civilización.
La explosión sónica de un crucero de batalla joviano rompiendo la atmósfera sacó a Semper de sus pensamientos. Los restos de la nave parecieron rozar el Olimpo y cayeron a plomo sobre la corteza del planeta como si fuesen el disparo de un arma celestial, haciendo vibrar el suelo y levantando una nube de polvo del color de la sangre. El objeto, de diseño europano, había caído entre Semper y Rete Ferreum, convirtiéndose en más polvo para el planeta, una lluvia más de cuerpos que caía sin cesar sobre las llanuras, cráteres y antiguos lechos. Por culpa del orgullo de sus dirigentes, Marte se había convertido en el mayor cementerio conocido por una humanidad incapaz de convivir consigo misma, el único planeta en que los fallecimientos superaban en cientos de veces los llantos de las nuevas criaturas en la civilización más natalista de la historia.
Semper observó la batalla más allá de la atmósfera, los pulsos de luz y las explosiones silenciosas. La pinza entre las Naciones Unidas de la Tierra y el Sistema Si Xing Lianhe de Júpiter no estaban siendo capaces de enfrentarse a la dura y mecanizada Kahal de Marte, cuya superficie vibraba con el pulso de los cañones magnéticos y de iones. Cada nueva reverberación del suelo era un disparo más contra los ejércitos invasores. Con cada temblor, los pies de Semper se hundían unos pocos milímetros en el regolito, como si el planeta y su gravedad quisieran devorarla antes incluso de darle muerte. Sin el traje mecánico y con una máscara como única protección se sentía completamente desvalida. Y lo estaba.
Invisible hasta hacía apenas unos segundos, una compuerta de luz del color de la lava se abrió a pocos cientos de metros de los restos de la nave estrellada y de ella brotó un pequeño ejército de mecanizados marcianos. Una columna de metal avanzó como un enjambre hacia la que había sido hogar durante meses de cientos de jovianos, y empezó a despedazar sin descanso los componentes rescatables del naufragio. Si por algún milagro alguna de las hermanas de Semper había logrado sobrevivir dentro de alguno de los tanques de impacto, la miríada de mecanizados arrasaría con ellas y las descuartizaría para extraer sus valiosos componentes orgánicos igual que cortaban, partían y trituraban los metales. Si a Semper aún no la había barrido una de esas olas de cangrejos mecánicos es porque no resultaba rentable en el cálculo marciano reciclarla en estos momentos. Pero era cuestión de tiempo que el intercambio de energía y recursos activase a la unidad más cercana.
Agotada, se sentó sobre el exoesqueleto inmóvil de la que había sido alguna de sus hermanas. Sin cabeza y con el polvo rojo cubriendo buena parte de la superficie, era imposible reconocer a qué unidad pertenecía, y el charco de sangre congelada que rodeaba el cuerpo y se vertía sobre varios inertes no aportaba muchas pistas. Una segunda nave joviana golpeó la superficie a decenas de kilómetros de distancia, y luego una tercera. La débil gravedad roja hacía que el suelo escupiese una constante lluvia de metal y cuerpos con la que inundar los valles del planeta. Unos golpes a su espalda la sorprendieron. A pocos metros de distancia, uno de los cangrejos de la Kahal partía en dos su armadura y trituraba el que había sido su brazo. Cansada como estaba, no había escuchado esta horda de gólems de barro rojo y metal acercándose al que había sido su último campo de batalla. Lo último que pudo contemplar Semper fue la palabra _emet_ fundida a fuego de fragua en el frontal de la máquina.