Publicado a 2026-08-19 --- La Madre Cuidadora Casser (Cassie) Gútez desplegó el ansible. El crujido de las bisagras indicó que hacía tiempo que la máquina no se usaba. Revisó la cadena de datos. Hacía diecisiete años que nadie se comunicaba desde esa terminal. Cassie volvió a preguntarse si la urgencia lo justificaba o si por el contrario encender aquel trasto les traería más problemas. Dos meses estándar atrás, las primeras luces empezaron a brillar en el radar a una distancia doce veces superior al radio medio de la nube de Oort de aquel sistema. Un análisis espectroscópico indicaba que los motores quemaban propunol, una combinación demasiado específica para resultar una coincidencia. La frecuencia en los haces de luz y la maniobra de aproximación imprimían la inequívoca huella de pilotos de la Federación. Por la velocidad y trayectoria, aún tardarían seis años en alcanzar Ertego. Por el número de luces en la noche, la disposición y la masa de los múltiples objetos —fácilmente calculable por la diferencia de velocidades tras cada chorro de plasma—resultaba evidente que se trataba de una flota colona al completo. Podían identificarse perfectamente tres tríos: bélico, ingenieril y social. Disposición estándar. La segunda flota colona que llegaría al planeta. La primera con el beneplácito de la Federación. Volvió a mirar el ansible. Para iniciar la conexión, la máquina debía lanzar un pulso ultrataquiónico, y entonces cualquiera que estuviese escuchando a menos de cinco sistemas estelares sabría que Ertego estaba ahí. Se levantó y asomó por la ventana, acarició el marco de la conocida vitrileña como tantas veces lo había hecho durante su adolescencia, buscando los contornos que sus yemas reconocían como el hogar. Otro colono la observó en la ventana y la saludó moviendo la mano desde el hombro izquierdo al derecho, al corazón y luego a la frente. En un acto reflejo, la Madre Cuidadora realizó el mismo movimiento para desearle un próspero día. No había pegado ojo en toda la noche. Si no trataba de comunicarse con ninguna de las colonias del mismo sistema solar, amigas de sus bisabuelos, y estas no estaban preparadas para la invasión, podrían ser barridas. Qué coño, Ertego podría ser barrida sin problema. Se preguntó en qué momento el perfil antrópico del planeta, el nivel de contaminación o el albedo del cinturón de satélites revelarían su posición. Quizá en un par de meses estándar la flota reparase en ellos. De momento, las estelas colonas coincidían con destinos como Ertego o Fenreas, los planetas cuatro y siete del sistema solar respectivamente, e incluso con las lunas Geroba y Síndle, ambas pertenecientes al retrógrado Abacum, décimo planeta y último antes del cinturón de asteroides que dividía el sistema solar entre cuerpos rocosos y gigantes gaseosos. Nadie había tenido comunicación con Fenreas en casi dos décadas. Geroba y Síndle habían optado también por el silencio. Es muy difícil cultivar una civilización cuando les aíslan con una o dos unidades astronómicas, más aún si los respectivos aterrizajes fueron llevados a cabo por separacionistas. Si no avisaba a las lunas, estas estarían condenadas sin remedio. Protegidos por la radiación y tamaño del planeta, ambos satélites tenían el problema de la falta de línea de visión, especialmente en estos momentos. Síndle tardaría por lo menos un par de meses en tener línea de visión con la flota, y Geroba al menos dos veces ese tiempo. Cassie no tenía ni idea de si ambas colonias conservaban esa capacidad de observación. Ambas lunas habían sido ocupadas hacía algo más de un siglo por radicales religiosos, locos aislacionistas que no encajaban ni siquiera entre quienes odiaban la Federación. Ese tipo de población no es precisamente el que más interés deposita en la tecnología. ¿Habrían destruido su ansible? ¿Lo habrían puesto a hibernar como los ertegos? Quizá se equivocase y los mormones ya estuviesen avisados de la llegada. Los fenreses tenían satélites hacía cincuenta años, de eso no había duda, pero su número se estancó y empezó a disminuir. ¿De hacía cuántos años era el informe que indicaba una preocupante decadencia en las órbitas de los satélites de Fenreas? ¿Diez, quince? Desde entonces no se conocían nuevos lanzamientos. Y su cierre al resto del sistema podía indicar que las cosas no les habían ido del todo bien. Quizá Ertego era el mundo más avanzado de la región. «Quizá somos los únicos que quedamos vivos», pensó. Si eran los únicos con la tecnología disponible, tenían la obligación de comunicar al resto la amenaza que suponían las más de nueve mil almas a bordo de las naves que se aproximaban. —Pero si ellos lo saben y no han avisado para no delatar su posición, ¿no deberíamos permanecer también nosotros en silencio? —había preguntado unas horas antes del anochecer la quinta Rama de Ertego y alcalde de la ciudad más poblada del planeta a través de conferencia-p. Diamo Meter no estaba particularmente en contra del uso del ansible. Tampoco estaba a favor. Era un hombre cauto que prefería meditar las acciones antes de tomarlas para poder hacer frente a todo tipo de repercusiones. —Eso es una gilipollez —rebatió Loreba de inmediato con la pasión que caracterizaba a los lusures del oeste del planeta—, es evidente que las lunas no pueden haber localizado la flota y todo apunta a que Fenreas carece de tecnología de avistamiento. Somos los primeros y hemos demorado en demasía el aviso. Deberíamos comunicarnos de inmediato y aunar fuerzas. —Yo estoy con el señor Meter, debemos meditar... —empezó Trisdu, Segunda Rama e investigador principal de la colonia antes de ser interrumpido. —Llevamos meses meditando y ahora las estelas confirman que pueden venir aquí —Loreba se había acercado al receptor, mostrando más papada que cara. —Vamos a dejarlo aquí —sentenció la Madre Cuidadora con un gesto—. Gracias a todos por asistir a esta sesión de urgencia, necesitaba veros las caras. A pesar de las distancias y las aparentes formas, la política de Ertego resultaba enormemente próspera y las decisiones eran tomadas prácticamente con unanimidad. Esta se estaba atascando y recaía en los hombros de la joven. "¿Qué opina la Madre Cuidadora?", habían preguntado en algún momento todas y cada una de las Siete Ramas en las últimas semanas. Cassie volvió al presente, a su cuarto, se giró y miró a su marido mientras acunaba a la hija en común. —¿Qué opinas tú? —le preguntó—. ¿Deberíamos avisar a nuestras vecinas de la presencia de la Federación en el sistema? —Según la opinión de este imbécil, sí —zanjó, abriéndose a una explicación—. Nada va a parar esa flota a esa distancia. Quizá podamos lanzarles algún misil una vez estén dentro del cinturón de asteroides, también al alcance de las lunas. Esta no es una batalla que podamos librar en soledad. Quizá no podamos librarla ni siquiera uniendo fuerzas. Juntas quizá podamos ganar. Cassie sonrió, asintió y volvió a mirar hacia fuera. Las edificaciones de la ciudad guardaban cierto parecido a la época preindustrial terrícola, con ladrillos anaranjados y rojizos, revestimientos de cal y cubiertas de teja. A pesar de su aparente rudimento, dentro de los hogares la tecnología había avanzado de forma notable una vez alejados de la Federación. «Juntas quizá podamos ganar», meditó repitiendo las palabras. --- >[!example] [[Todos los relatos]] | [[Relatos de colonización espacial]]